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viernes, 7 de diciembre de 2012

Escena extra del capítulo 8.

~Narra Joulley.~


Pataleamos en la pared mientras Dan se ríe al escuchar un gritito que Skiley ha soltado, seguramente al intentar usar la ducha. Yo también suelto una pequeña carcajada.

 -Dan. - comienzo a decir cuando paramos.

 -¿Sí, pequeño? - me pregunta mientras se levanta de su cama y se quita la camiseta para cambiarla por una más cómoda, sencilla y de color negro.

 -¿Por qué te gusta tanto molestar a Skiley?

 Él suelta una carcajada y agita la cabeza sin borrar la sonrisa mirado a la pared que recién hemos dejado de golpear.

 -Porque es muy divertido. - me guiña un ojo.

 -No, en serio. - tendré doce años, pero no soy idiota, no me pueden engañar tan fácilmente como creen, no soy tan ingenuo.

 -Pues... Joulley, me gusta tomarla el pelo por la cara que pone cuando se lo tomo. Me gusta cuando grita y cuando se enfada conmigo. Me gusta cuando quiere darme un buen bofetón pero se contiene para no armar un escándalo. Me gusta preguntarla cada día de que color es su ropa interior para ver como se sonroja, y vacilarla para que me conteste mal. Me gusta esos días en los que la da por sonreír, por olvidarse un rato de su pasado. Me gusta... esa Skiley que odia que la llame Sky, porque significa cielo, y ella no quiere ser mi cielo. - pone los ojos en blanco y acaricia la pared. - Me gusta cómo se irrita, hacerla de rabiar y que me insulte. Que me llame idiota, imbécil y capullo. Me... - se detiene y me mira. - Ya he hablado demasiado. Vete a ponerte cómodo para la cena. - me aconseja devolviéndole a su rostro algo de seriedad.

 Asiento, y salgo de mi habitación. Cree que ha parado a tiempo, pero no lo ha hecho. A Dan le gusta Skiley, le encanta. Y yo soy un niño de doce años que va a morir en los vigésimo segundos juegos del hambre.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Capítulo 9.

No sé a qué hora abro los ojos, pero sí que soy la primera en despertar y que el sol aún no ha salido sobre los brillantes edificios. Aunque quizá en casa sí que haya amanecido. Probablemente todos estén preparándose para un nuevo día, haciendo sus camas, aseándose. Los más madrugones desayunando. Danae estará en su cuarto, regando la maceta que tiene en la repisa de su ventana, o quizá la haya dejado empezar a marchitarse, quizá sus esperanzas de verme volver estén muriendo ya. Y lo peor de todo, es que quizá sea verdad.

 Me levanto de un salto y dejo todo como está para ir al baño y lavarme la cara. El agua fría me despeja. Cambio mi ropa por la que supuestamente llevarán todos los tributos en el entrenamiento. Me fijo bien, es elástica y firme. Se ciñe al cuerpo de forma cómoda, permitiéndo la máxima movilidad. En cuanto al tono, es gris oscuro, con unas líneas azules en las zonas curvadas de mi cuerpo. Suspiro y me calzo. Luego me hago una coleta alta y salgo. Me sorprende ver a Joulley zampando un trozo de bizcocho más grande que su cabeza. Me percato de sus ojeras y su estado tan apagado. Sé que tiene miedo, mucho miedo.

 -Buenos días, Skiley. - saluda educado.

 -Buenos días. - le contesto mientras me siento en frente de él. Luego miro los alimentos y escojo una magdalena que mojar en mi chocolate caliente. Esta bebida me calma, su sabor es embriagador y produce bienestar. -¿Qué hora es? - pregunto antes de llevarme un trozo a la boca.

 -Creo que las seis y media.

  Abro los ojos, pues sí que es pronto. Además, no bajaremos hasta las diez, lo que nos deja demasiado tiempo libre que no sé como rellenar para distraerme.

 -¿De qué color es hoy tu ropa interior, Sky? - sonríe Dan, haciendo su aparición en escena. Suelto un bufido, al parecer lo de ayer fue un momento de debilidad, pero sigue siendo el mismo de siempre. Y creo que nunca cambiará. -Mmm... Magdalenas. - dice cogiendo la que tengo en la mano.

 -¡Eh! - me quejo. - Coge del plato, idiota.

-Hey, hey, tranquila, no te desesperes, o te saldrán arrugas. - muestra una sonrisa autosuficiente.

Suelto un suspiro y cojo un panecillo mientras me levanto. Camino hacia mi habitación mientras oigo como Dan suelta un silbido de ligoteo.

 -Imbécil. - digo para mí misma mientras me meto en el cuarto y enciendo el televisor.

 Caesar habla con Claudius sobre cada uno de los tributos, intentando dar algunos detalles de sus vidas personales, eso es algo que interesa mucho a la gente del Capitolio, saberlo todo sobre las vidas de los demás. Me pone enferma. Puedo observar a la chica del distrito uno, creo que en cierto modo ya la odio, pues ese mismo puesto ocupaba la asesina de Evelynn. Dicen de ella que es bastante popular y que si gana, se dedicará a posar para todos esos cuentos raros de las revistas capitoilenses, las posibilidades giran bastante a su favor. El chico de su mismo distrito, parece una maquina de matar, lo que me intimida bastante.  Lo mismo puedo decir del distrito dos y del cuatro, todos ellos van con su seguridad por las nubes, al igual que su ego, no los soporto. El resto está tan asustado como yo, lo sé por cómo caminaban en las cosechas hacia el escenario, por cómo sus ojos brillaban de agonía al no confiar en sus posibilidades de volver a casa. Sobre Joulley dicen que no hay que juzgarle por su apariencia, que tiene tantas posibilidades como los demás, aunque a mí, personal y egoístamente, no me lo parece. Le aprecio, quiero que regrese si no lo hago yo, pero no creo que lo consiga, ni aunque nos aliásemos, no podría protegerle eternamente, tarde o temprano, uno, o los dos, moriríamos. Luego hablan de mí, de ''Sky'' , por ese nombre ridículo.

 -Yo pienso que esta chica está entre los favoritos, Caesar. - comienza a decir Claudius con su grave voz. - Hemos de recordarle a la audiencia que su hermano Gaby llegó a la fina en los decimonovenos juegos. - recuerda mientras siento una punzada en el pecho.

 Y entonces ponen unas imágenes, unas imágenes que hace años que no las veo. Un corto vídeo, treinta segundos para que son suficientes para que me eche a llorar. La muerte de mi hermano.

 ''Gaby se encoge en su rama sin apenas hacer ruido, o esperando no hacerlo, ya que corre más peligro que nunca, bueno, también están todos esos momentos con mi padre, pero aquí no sería igual. Aquí no podrían castigar a los profesionales por matarle, ya que de eso tratan los juegos. Pero, sin embargo, a pesar del miedo que recorre mi cuerpo y el suyo, los cinco chicos, cuatro profesionales y el chico del 5 al que parece que han permitido entrar en la alianza, pasan sin percatarse de su presencia. Mi hermano está a punto de salir por patas en cuanto se alejan un poco, pero algo le detiene, la chica del 5 se avalanza sobre él nada más tocar el suelo, impidiéndole coger nada ni poder defenderse, suelto un chillido y me llevo las manos a la cara, no quiero ver nada más. Pero... cuán equivocada estoy, cuando la menudita chica, le propone a mi hermano una alianza.''

 La agonía ha pasado, el reloj ya da las diez y el ascensor baja tan rápido que creo que noto tambaleo, pero no del propio ascensor, sino yo, que me estoy empezando a marear. Joulley se muerde las uñas mientras las puertas se abren, y le ordeno que deje de hacerlo, que no debe parecer asustado. Me hace caso y nos metemos en el gran gimnasio. Dan no exageraba al decir que habría de todo aquí, porque lo hay. Cuchillos, lanzas, arcos... hachas. Hay hasta algún simulador de distintos paisajes, cómo del mar, para aprender a adaptarse a lo que quiera que vayan a hacer este año en la arena, por supuesto, nadie lo sabe. Un hombre, que aparenta unos treinta años, comienza a hablar explicándonos algunas reglas y consejos que nos vendrán bien.

 -Nada de peleas, ya podréis mataros en la arena. Nada de llevarse las armas, obviamente deben quedarse en el gimnasio. Comeréis aquí a mediodía, la cena y el desayuno serán en vuestras plantas. Todos estáis deseando echar el guante a las armas, pero la mayoría moriréis por causas naturales: infección, deshidratación, congelación... hambre... - continúa hablando, pero yo no escucho, estoy ocupada fijándome en los profesionales, lo único que quieren es demostrar su poderío, tal y como los perros marcan su territorio.

 Marcus, que así se llama, termina de hablar y nos da pista libre para poder empezar. Me pregunto si debería ocultar mis habilidades ante los demás, pero sería una completa estupidez, pues al venir del distrito 7 siempre vamos a lo mismo, las hachas y la escalada. Y mi pequeño amigo, opta por esta última y se dirige a un gran árbol que han situado en lo que parece un simulador de un bosque. Sube sin mucho esfuerzo, se le da bien, bastante bien en realidad. Le sonrío leve y voy a las hachas, las examino curiosa, son ligeras y fáciles de manejar, su mango es suave, aunque metálico y frío, no como las de casa, que se adaptan a nuestra palma en seguida. La hoja es fina y afilada. Respiro hondo y fijo la atención en un maniquí. Concentro mi mirada y la fuerza de mi brazo. Estoy a punto de lanzar.

 -¡Cuidado, 7! - grita el chico del 2 detrás de mí, lo que me distrae y me hace fallar el objetivo y quedarme a un metro de darle, éste y los demás profesionales se ríen. - Ten cuidado, no vayas a acertar.

 Resoplo resignada y cojo una segunda hacha, con tal furia, que la lanzo al muñeco en el que el chico que me ha molestado, iba a practicar con los cuchillos, la fuerza hace que el maniquí se mueva y su cuchillo falle. Me mira con rabia, sé que estoy en su lista, pero le dedico una sonrisa y sigo a lo mío.

 Esto es genial, quería ganar los juegos y ya estoy la primera en la gente que deshacerse, muy bien, Skiley. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, no me arrepiento de nada en realidad, porque aunque me ponga en peligro, aunque vaya a morir después, no puedo evitar odiar a aquellas personas que mataron a mi hermano.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Capítulo 8.

 Si el tren era increíble y brillante, esto lo es aún más. Me entran escalofríos con solo ver el lugar en el que estamos. Todo tan grande y espacioso que me marea. A un lado, una mesa enorme con toda clase de comida, que me hace la boca agua inmediatamente, al otro un enorme sillón blanco frente a un televisor pegado a la pared de forma compacta.  Al fondo hay varias puertas que supongo que irán a nuestras habitaciones.

 -Ahora poneos cómodos para la cena, que será en media hora. - nos dice Rossie, aunque suena más como una orden.

 Caminamos lentamente atravesando la sala, nuestros pies hacen eco entre las paredes, pues la distancia es mucha. Abro la puerta que me indican que será mi cuarto. Y me adentro. Una gran cama blanda se sitúa en medio de la estancia, a su derecha hay un ventanal, a sus pies otro televisor. También me fijo en el baño abaldosado y azulado al que se llega por una pequeña puerta que hay a la izquierda. Suspiro y me quito la armadura, luego el traje. Abro el gran vestidor, completamente a rebosar de todo tipo de ropas. Suelto un bufido, todo es tan diferente... tan complicado. Hace unos días, vivía con cuatro prendas en un pobrucho orfanato. Hoy estoy en un capitolio en el que aprietas un botón y, como por arte de magia, aparece lo que desees. Me decanto por un camisón, ligero y fresco, claro que también cojo una bata, que me pondré por encima. Hoy pienso acostarme pronto e intentaré olvidarme de todo por unas horas. Entro en el cuarto de baño y dejo la ropa sobre la taza del váter. Es entonces cuando oigo los golpes y los gritos entre carcajadas de Dan.

 Dos golpes a la pared.

 -¡¿Cómo es la ropa interior del Capitolio?! - pregunta entre carcajadas. También oigo una risa cantarina, Joulley se ríe con él.

 Ignoro sus bromas y me meto en la ducha. Esta tiene tantos botones que no sé ni como encenderla, pruebo uno que me lanza un chorro de champú totalmente frío a la frente.

 -Agh. - me limpio con la mano y pruebo otro, que empieza a soltar agua, también congelada, desde arriba. Suelto un pequeño gritito, que hace que mentor y compañero vuelvan a reírse. <<A la tercera va la vencida.>> pienso suspirando. Doy a otro botón y el agua pasa a ser un poco más cálida. No me gusta, pero no es del todo incómodo, por lo que termino adaptándome a esta temperatura, que me recuerda a las lluvias de primavera de casa.

 Cuando salgo, me envuelvo en una toalla y pido algo de comida, un bol repleto de patatas fritas, en el orfanato no se pueden permitir estas comidas. En un par de minutos, la mujer florecida llama a la puerta.

 -¡Voy! - digo masticando.

 -¡No se habla con la boca llena! ¡Esos modales! - me gruñe disgustada. Esbozo una sonrisa mezquina, me gusta que esta mujer se enfade, es algo bastante divertido de ver. Me pongo la ropa rápido y me ato bien la bata. Salgo descalza. La acompañante vuelve a alterarse. Cree que esta no es forma de vestir para la cena con el equipo y todos nosotros. La miro desafiantes mientras pienso: <<¿No quieren que nos sintamos en casa? ¡Pues ya está!>> Pongo los pies encima de la mesa mientras un avox rubio me sirve la sopa de zanahoria. A Rossie sólo la falta ponerse a llorar.

 Tras mucho insistirme, los bajo y empiezo a comer. Está buenísima, no había probado nada igual, excluyendo el chocolate del tren. Decido repetir un segundo plato y lo saboreo hasta el final. De segundo, hay chuletas de ternera. En un momento de la cena nos ofrecen vino, lo rechazo inmediatamente, pidiendo que alejen eso de mí. Pero el olor del alcohol ha entrado rápido en mis pulmones.

 -Enseguida... vuelvo... - digo ocultando mis intenciones. Corro a la habitación, y seguidamente al baño. Levanto la taza del váter y vomito. Un par de lágrimas se escapan por el esfuerzo de mi garganta.

 -Yo también estoy un poco revuelto. - admite una voz detrás de mí. El niño me mira mientras sus rizos se agitan al acercarse un poco más. Me limpio la boca con un trozo de papel y tiro de la cadena.

 -¿Qué quieres? - quizá haya sonado un poco borde.

 -Te he visto mal, si puedo ayudarte... - niego con la cabeza en seguida y me acaricio el contorno de las ojeras con el dedo índice, que se lleva las lágrimas por medio.

 -Estoy bien. - miento y me lavo los dientes con una pasta que pica a horrores. -Diles a los demás que disfruten de la cena. Yo voy a dormir.

 -¿Tan pronto?

 -Tan pronto. - asiento y salgo junto a él del baño. Él camina a la puerta y me mira una vez más, parece que está a punto de decir algo, pero se marcha soltando un suspiro y cerrando la puerta tras de sí.

 Una hora.

 El equipo se ríe y charla tras terminar la cena.

 Dos horas.

 Acaban de repetir el desfile en la televisión. Yo no quiero verlo.

 Tres horas.

 Todo se apaga, se van a dormir y yo sigo con los ojos abiertos.

 Cuatro.

 ¡Es imposible! ¡No puedo pegar ojo! El miedo a que mi alcohólico y difunto padre aparezca de nuevo en mis sueños me lo impide. Doy vueltas en la cama, intentando encontrar una postura cómoda, pero no sirve de nada. Al final, resignada, me pongo en pie y salgo de la habitación. En el gran salón no hay nadie, por lo que me acerco al balcón desde el que se ve toda la ciudad. No veía cuán equivocada estaba al verle allí. Soltando nubes de vaho al ambiente frío de la madrugada. Estoy a punto de irme, pero gira la cabeza hacia mí y esboza una sonrisa de lado. Suspiro y me asomo al lado de él, pero sin tocarle. Unos minutos de silencio. Hasta que me canso.

 -¿No vas a decir nada de mi ropa interior? - pregunto en tono hosco.

 -¿Debería?

 -No.

 Vale, está muy raro, incluso para él.

 -¿Qué te pasa? - termino por decir, sin poder creer que me haya interesado un mínimo en sus sentimientos.

 -Es sólo... que no puedo dormir.

 -Yo tampoco. - admito. -Tengo miedo.

 -Yo lo tenía, Sky.

 -No me llamo Sky.

 -Lo sé. - sonríe travieso.

 -No debería ni haberte preguntado. - bufo y comienzo a marcharme, pero él me coge del brazo y me pone donde estaba.

-Me pasa que hace tres años yo estaba aquí, con tan sólo trece, en esta misma noche, temiendo a todo lo que me rodeaba. No creía en mí. No veía posibilidades de volver en ningún lado. Estaba tan asustado... Lo peor vino en los entrenamientos. Yo aún no había pasado por los bosques, pues faltaban meses para que empezase, y lo único que sabía hacer era distinguir maderas, algo que te resultaría útil si los juegos tratasen sobre crear incendios. - sonríe irónico, pues ambos sabemos cómo ganó los juegos. - Y bueno, lo empleé para intentar vencer, y parece que me fue bien. Moraleja de esta parte: Cree en ti. Aunque cuando volví a casa, me encontré lo que pasa cuando no juegas con sus reglas... Los encontré...

-No hace falta que lo digas.

 Él asiente serio.

-Moraleja de esta otra parte: Ellos llevan el control.

-Lo sé. - contesto.

-Bueno, Skiley, creo que voy a intentar dormir algo, deberías hacer lo mismo. - arqueo las cejas, y es que me ha llamado Skiley. Se va con sus andares hacia su habitación. Tras unos segundos, le imito. Y me meto en la cama.

 Esa noche, mis sueños son atrapados por incendios y padres muertos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Capítulo 7.

 -¿Cómo te hiciste esto, querida? -me pregunta Verdiana, señalando la cicatriz de mi ceja izquierda.

 -¡Hay que quitarselo como sea! - exclama Caltazor. - ¡Tiene que estar perfecta para esta noche!

 Su comentario, por alguna extraña razón, me mosquea.

 -Me lo hizo mi padre. - respondo seca, en tono borde. Los tres sueltan un jadeo, cómo se nota que ellos no han tenido ninguna dificultad en su vida.

 Faltan tres horas exactamente para el desfile, y ellos siguen reteniéndome en la misma brillante y blanca habitación. Sólo me han permitido salir para comer, con una mascarilla verde en la cara que ha echo que Dan se mofase de mí. Tivara trabaja mis uñas mientras que el hombre azul me aplica un espeso potingue en la frente, que huele tan fuerte como escuece, la deja un buen rato sobre el feo recuerdo de ese día en casa y cuando lo quita, mi piel está suave y sin rastro de este.

 Esto no me gusta.Ni esto ni nada de este lugar. En realidad, solo Zafira. Desde que he llegado, lo único que he podido hacer es arrugar la nariz y notar como mi cuerpo se irritaba con cada sustancia que me aplicaban.

 Al rato, es mi estilista la que entra con algo cubierto por una tela negra.

 -¿Preparada? - me pregunta, yo asiento no muy convencida, ella quita la tela y deja a descubierto mi traje.

 Mis ojos se abren como platos al ver la maravilla que Zafira ha diseñado para mí. No es un vestido. Tampoco un traje. Es mucho más fuerte y rigido que cualquier tela. Es una armadura de madera. Parece ser de arce, aunque está modificada de tal forma que se adapta a mi cuerpo con facilidad y me permite moverme cómodamente. Me ayuda a ponérmela y me hace ponerme frente al espejo mientras cepilla mi pelo castaño. Me fijo mejor en lo que llevo puesto.

 La armadura es una sencilla coraza que se cierne a mi pecho y cintura y llega corta un poco por debajo de mis muslos, pero sin tocar la rodilla. Para no dejar mis piernas al descubierto, por debajo llego un traje negro completo, tanto mis piernas como mis brazos quedan cubiertos bajo la madera.

 -Pero, no olvides de dónde vienes, Sky.

 -Skiley, por favor. - la corrijo con amabilidad. Odio ese apodo. Significa cielo, y que Dan me llame cielo... es repugnante. Recordarle me provoca un escalofrío, pues me pregunto que bromita me gastará una vez nos veamos en el desfile, ya sea al subir, o al bajar del carruaje. Ella sigue hablando.

 -Skiley. - repite con una sonrisa amable en sus labios. Sus manos sujetan una corona de una planta aromática llamada laurel, no son muy comunes, pues nadie le da importancia a que la comida sepa bien, sólo a que se pueda comer para no morir de hambre. -¿Sabes la historia del laurel? O, bueno, ¿lo que significa? - niego con la cabeza. Ella prosigue. - Se dice que antes de Panem, bueno, de Panem y de lo que había antes de nuestro país. Millones de años. Un lugar de más allá de los mares, en Europa, un lugar llamado roma, estaba lleno de guerreros dispuestos a dar su vida luchando unos contra otros para ganarse el respeto de su emperador. El vencedor recibía una corona como esta. Por lo que llevas la victoria en la cabeza literalmente, pequeña. - me sonríe. Yo la devuelvo la sonrisa, pero no me convence. Pues si no gano, hecho bastante probable, quedaré como una estúpida muerta que no sabía lo que decía.

 Pasa un rato y deja el cepillo donde estaba.

 -Vas a triunfar.

 -Lo dudo.

 -Tienes que creer en ti, Skiley. Nada ni nadie podrá romperte esta noche. - romper, no podía haber dicho otra palabra para derrumbarme no. Sino el verbo romper, conjugado con Gaby, que a su vez es sinónimo de hace unos años...

 ''-Tranquila, pequeña, no dejaré que te rompan. - dijo él acariciando mi cabello mientras yo me tapaba los oídos y lloraba con todas mis fuerzas.

 -¡No quiero oír más! - sollocé, pero comparado con los gritos de mi padre hacia el vendedor de alcohol, se quedó en un simple susurro.

 <<¿Cómo que no hay más?>> gritaba; <<¿Qué coño ha pasado con el maldito alcohol?>> gritaba. El pobre vendedor se limitaba a explicar lo poco que sabía, que los agentes de la paz estaban vigilantes de que no se cometieran inprudencias como esa y él no podía recibir cargamento hasta que se bajara la guardia un poco.

 -Skiley. - dijo mi hermano. 

 Agité la cabeza. 

 -Skiley. repitió. -Mirame. - giré mi cabeza hasta cruzar con su mirada. -No te pasará nada, estoy aquí contigo. Aunque no estuvo tanto tiempo como me hubiese gustado.''

 Respiro hondo mientras caminamos a la entrada del centro de preparación, allí están preparados los carruajes y algunos tributos. Me fijo en ellos con miedo, algo que no dejo mostrar, pensando el que cualquiera de ellos podría atraparme y matarme en unos segundos.
 
 El distrito uno se sube a su carruaje, que se ponen en seguida en marcha. Me fijo en la chica, de rostro angelical y envidiable, yo parezco un soldado como el de la narración de Zafira. Ese distrito es responsable de fabricar articulos de lujo para el capitolio, supongo que por eso están cubiertos de purpurina dorada y ella lleva una tiara de diamantes mientras que él, un cinturón del mismo material. Distrito dos. Responsable de fabricar armas y alguna que otra maquinaria. Me dan escalofríos al ver como visten de auténticos guerreros con algo que solo pueden ser pistolas enormes colgadas de sus hombros, ¿serán de verdad?

 El distrito tres está asustado, pues veo que no saludan ni se relacionan como el público como los dos primeros. El cuatro también se encuentra en este rango extrovertido. Claro que sí, porque son los profesionales, los niños mimados del capitolio que ganan todos los años.

 Cinco y seis. Ambos callados, ambos sin saber que hacer. Como yo. Pues nuestro carruaje se pone en marcha y tengo miedo de caer. Por primera vez me fijo en el pequeño Joulley mientras los gritos de la gente llenan mis oídos. Su traje es fino y ligero, una gran hoja verde se ciñe a su bajito cuerpo. A él no le quieren ni pueden dar la fiereza, por lo que realzan su punto fuerte, su adorabilidad. Eso quizá le consiga patrocinadores, pero no le sirve de nada cara a cara con los tributos. Sin embargo, por el momento, si no gano yo, quiero que lo haga él. Aparto la mirada y veo al público, que grita mi... ¡NO! ¡NO! ¡Gritan Sky y no Skiley! Y creo que ya sé quien les ha metido ese estúpido apodo en la cabeza. Miro mis pies tratando de ignorarles. Ese no es mi nombre.

 Si la calle grande y recta estaba llena de gente, el círculo de la ciudad está aún más lleno. Estamos frente a la mansión del presidente Snow. Levanto la mirada para observarle bien. Para hacerme una buena imagen mental y poder asesinarle a gusto en mi cabeza. Desde luego, espero que algún día, lo haga alguien realmente. Sus palabras suenan por la ciudad, yo las oigo, pero no las escucho. No sé cuanto tiempo estoy evitándole. Pero el carro vuelve a moverse y casi me caigo, pues no me lo esperaba.

 Entramos y Dan viene directo.

 -Una actuación genial, Sky. Parecías tan madura ahí arriba...- comenta juguetón.

 -Vete a la mierda.

 -Oh, yo también te quiero. - sonríe con descaro y yo me lleno de rabia. - Buen trabajo, chaval. - dice a Joulley, con el que choca los cinco.

 Caminamos por el edificio mientras mentor y tributo masculino ríen y yo me quedo atrás. Completamente seria. Nos adentramos en el ascensor, en el que la estilista de Joulley, una mujer de uñas largas y peliagudas pulsa el número siete, no sé como lo hace, pues con esas uñas... Las puertas se abren y entramos en el que será nuestro hogar hasta que nos encierren en un estadio para que nos matemos.

domingo, 21 de octubre de 2012

Capítulo 6.

 La estación de tren del capitolio está a rebosar, jamás en mi vida había visto tanta multitud sin contar la cosecha, aunque se acerca a esta. La gente chilla como loca al ver nuestro tren deteniéndose frente a ellos. Yo los miro desde la ventana con gesto aburrido. Son completamente diferentes a la gente de los distritos, y no solo porque ellos no corran el peligro de morir encerrados en un estadio junto con otras veintitrés personas. Además, nosotros tenemos sentido del ridículo, cosa que estos no parecen tener. Son odiosos, aclamándonos, fingiendo que nos quieren, que somos su favoritos. Cuando estemos a las puertas de la muerte se reirán y lo disfrutarán como unos cretinos.

 Joulley los mira, pero no con la misma expresión que yo, veo en su mirada que teme lo que sabe que le va a pasar, sabe que toda esta gente no apostará por un niño flacucho de doce años. Lo único que se me ocurre es algo de lo que me arrepiento poco después. Le aprieto cariñosamente la mano, pero el remordimiento es instantáneo, ¿por qué lo he echo? Sólo puede quedar uno, y si quiero volver a casa viva, no he de hacer amigos. Pero éste niño es mi debilidad, éste niño me recuerda a la que fue mi mejor amiga, y a la que no volvió a casa. Y éste niño, puede correr la misma suerte que ella.

 Sin embargo, él me agarra con fuerza, no quiere que le suelte, y yo no lo hago. No hasta que nos separan y nos meten en un gran edificio. El edificio en el que nos ''Convertirán'' en personas.

 Nos escoltan hasta dentro y nos encierran a cada uno en una brillante sala blanca cegadora. No soy consciente de lo que va a pasar, hasta que tres coloridos y chillones capitoilenses, entran dando saltitos por la puerta.

 ''Camina por el mismo bosque, desorientado el segundo día de los juegos. Tiene hambre y no ha visto ni una sola presa desde que estos empezaron. Su alimentación pasa a consistir en corteza de árboles y algún pequeñísimo abuso de sus valiosas tiras de cecina. Su botella ya está medio vacía, y tampoco ha encontrado ninguna fuente de agua que no sea una pequeña llovizna de madrugada. Eso me hace encogerme hora tras hora en el sillón de la pequeña salita del orfanato. Es Gaby Weir, fuerte y apuesto. Algún patrocinador estará dispuesto a ayudarle. ¡Tienen que estarlo! Sin embargo el tiempo pasa sin que nada le caiga del cielo.

 Cuando llega la tarde, mi hermano se sube a un árbol para descansar, está completamente agotado, y hace ya un tiempo que se le agotó el agua. Escucha unos ruidos de unos arbustos, por lo que se queda muy quieto, en silencio, mientras que la manada de profesionales, ansiosos de sangre, caminan bajo sus pies.''

  Me ''trabajan'' como si fuese un trozo de carne que tienen que cocinar urgentemente, se deshacen de todo rastro de pelo de todas las zonas posibles del cuerpo. Parezco un pollo desplumado en cuanto acaban de hacerlo. Seguidamente, me llenan la piel de todo tipo de potingues y cremas extrañas que se llevan imperfecciones, restos de pelo y piel de por medio.

 -¿Qué hacemos con su pelo? - pregunta en un acento agudo y desagradable Tivara, cuyo cabello gris y rosa se agita cuando habla.

 Les dirijo una mirada envenenada y me agarro a mi trenza con fuerza. Danae me la hizo y, aunque en algún momento deba deshacerla, no quiero que sean estos tres... ''monstruos'' quienes lo hagan. Tivara no es la más extraña, a pesar de sus pestañas extremadamente largas. También está Caltazor, un hombre cuarentón - que intenta desesperadamente parecer joven - cuya piel azul reluce por todo su cuerpo, mostrando especial atención en su incipiente calva, tatuada con extraños dibujos negros; y Verdiana, de piel bronceada, pelo, ojos y labios de un color verde bosque bastante cautivador, lo que más sorprende de su ''arboleado'' aspecto, son sus menuditas orejas, que acaban en forma de punta. Si mi equipo de preparación es así, no quiero imaginarme como debe ser mi estilista.

 -Eso lo decidiré yo. - dice una voz serena, pero firme, que entra por la puerta. Dirijo mi mirada hacia ella.

 Es alta, y esbelta. Sin embargo, no parece haber modificado nada de su cuerpo quirúrgicamente, tal vez su pelo, pues llega de forma antinatural, voluminoso y rizado, hasta sus pantorrillas. Una vez, Danae me contó un cuento popular, de siglos de antigüedad, en el que una joven muchacha tenía el pelo largo y largo, que podía soltar por la ventana del torreón en el que su malvada madrastra la encerraba para que su príncipe azul trepase con ayuda de él, creo recordar que se llamaba ''Rapunzel''. El de esta mujer es de un negro oscuro, oscurísimo, un negro tan intenso como el carbón. Sus ojos brillan azulados como Zafiros, esas piedras azules con las que trabajan en el distrito uno, pues es el encargado de los artículos de lujo y de las joyas. También sorprenden sus labios, que son de un rojo tan intenso como la sangre, solo que algo más claro. Por lo demás, parece no haber alterado mucho más.

 -Buenos días, Zafira. - saluda Verdiana cuando esta pasa delante de los tres para examinarme. Es mi estilista, lo que sospechaba.

 -Skiley Weir. - dice mi nombre, mientras camina a mi alrededor, fijandose en cada uno de los detalles de mi cuerpo desnudo. roza la trenza con sus dedos. -¿Puedo? - me sorprende que me pida permiso, pudiéndo hacer lo que quiera conmigo. Yo asiento. Zafira me quita la goma y empieza a deshacerla con delicadeza. -Tiene un pelo precioso. Dejadme con ella.

 Mi equipo de preparación obedece y sale por la puerta a paso ligero. Ella me pasa una bata, que me pongo y abrocho y me pide que la siga. Eso hago. Me acompaña a una subsala, en la que me invita a sentarme en un sillón de terciopelo blanco.

 -Háblame de ti. - dice con interés. Puedo escuchar bien que su acento no es tan agudo como el del resto de personas del capitolio. -¿Vienes para luchar o te has rendido ya? - su pregunta me pilla por sorpresa, pues lo que un estilista debería preguntar es que aspecto quiere que me de.

 -Debo luchar. - contesto en voz seria.- Sin embargo... - me detengo.

 -Sin embargo, ¿qué?

 -No creo que gane, tengo muy pocas posibilidades.

 -No digas eso. La venganza es algo que te da ventaja. Te vuelve más fiera. Creéme que eso te dará fuerzas.- eso me asusta. ¿Cómo sabe ella...?

 -¿Venganza? - pregunto con inocencia, inténtando disimular.

 -Sé quién eres, Weir. - me llama por mi apellido. - Y lo noto en tu mirada. Tu hermano luchó hasta el final. Y eso bien lo sé yo.

 -¿Qué?

 -Fui su estilista al igual que soy la tuya. Cuando te vi en la cosecha, realmente me sentí mal. -suspiro, me sienta fatal hablar de Gaby. Me recuerda que ya no está aquí, y lo mucho que lo echo de menos. Tras una larga pausa prosigue. - Ya sé que voy a hacer contigo.

 -Siempre somos árboles o lechos de hojas. - aunque a mi hermano le sentó bastante bien lo que fuese que le hubiese echo esta mujer.

 -Este año no, Skiley. Este año vas a ser la chica de madera, ¿sabes que hace la madera?

 -¿Arde con facilidad? - pregunto dudosa. Ella niega con la cabeza.

 -La madera componen los mangos de muchas armas. Y tú, dulce Skiley, eres un arma que busca venganza.

viernes, 12 de octubre de 2012

Capítulo 5.

 Os prometí que publicaría pronto y lo he incumplido... Lo siento ;__;. Pero aquí lo tenéis recién hecho :3 Recordad, que busco colaboradores para el blog. Qué lo disfrutéis ;)

 Definitivamente, el lujo aquí está sobrado. Nuestro tren se compone del vagón común, del vagón comedor que dirige a la cocina donde preparan todo lo que les pidamos y nuestros compartimentos, donde me encuentro yo ahora, sentada en mi cama rendida ante el gigante vestidor. La cena es en media hora, Rossie vendrá a recogerme para entonces. Debo cambiarme de ropa, quiero ponerme algo cómodo pero las prendas son... demasiado diferentes a mí. Me decanto por unas mallas negras y una camiseta blanca, no me gusta, pero es lo más ''decente'' y menos estrafalario. La acompañante llama a mi puerta. Salgo y camino tras ella al vagón comedor.

 Mi compañero y Dan hablan animadamente, suelto un bufido y me siento frente a ellos. Dan no parece decidido a cansarse de fastidiar. Me mira de arriba a abajo y sonríe con descaro. Doy un pisotón en el suelo.

 -¿Es que no te vas a cansar nunca? - le pregunto borde.

 -¿De qué? - pregunta. La situación le divierte.

 Aparto mi plato.

 -Cenaré en mi compartimento. - digo. No quiero estar al lado de este chico. Es mi mentor, él supone la diferencia entre la vida y la muerte, pero es agobiante estar junto a él. Me levanto y estoy a punto de irme pero Dan me detiene.

 -Tú sabrás, pequeña. Pero considera que soy el único que puede ayudarte a volver a casa.

 -Que te den. -es lo único que digo, y camino a mi cuarto.


 ''El bosque es grande y laberíntico. Mi hermano da vueltas en círculo, incapaz de orientarse por ese lugar. Repasa sus provisiones. Tiene una botella de agua que por suerte está llena, unas tiras de cecina y  una cuerda, además de un machete que consiguió coger en la cornucopia. Bebe un par de tragos y se sube a un árbol para pasar la noche. Suena el himno y el cielo empieza a reflejar los rostros de los que han caído este primer día. Los dos del tres son los primeros en aparacer; les acompañan los dos del cuatro, lo que me sorprende, pues los profesionales no suelen morir en el primer día, el chico del seis, Evelynn..., los dos del ocho y el nueve,  la chica del diez y los dos del once y el doce. El sello del capitolio aparece y el cielo queda oscuro. Aquella noche mueren dos tributos más, provenientes del distrito cinco y empiezo a entender que esta arena será rápida y fugaz. Ya han muerto diecisiete tributos. Quedan tan solo siete.

 Yo no pude dormir. Aquella escena de Evelynn junto al montón de mantas me ha marcado por completo todos estos años. La de ella y la de él, y es que perder a las dos personas más importantes de tu vida es un golpe fuerte y duro. Un golpe imborrable.''


 Despierto en un lugar que me cuesta reconocer, pero que al fin y al cabo, llego a la respuesta. Estoy en el tren que me lleva cara a cara con la muerte, que me lleva a aquel lugar que yo y todo chico jóven de Panem -excepto del Capitolio, claro está - teme. Las tripas me rugen con furia, ayer me acosté sin cenar, se me pasó por completo comer algo furiosa como estaba. Me levanto de la cama, como ya estoy vestida, me peino algo con los dedos y me lavo la cara. Salgo y camino al vagón comedor.

 Soy la primera, lo que me hace suspirar de alivio, me viene bien estar sola. Me sirvo yo misma el desayuno hasta que la soledad dura poco. Es Joulley, el chico de doce años. Me mira expectante y deja que un avox le sirva el suyo. Comemos uno frente a otro en silencio, ninguno siente ganas de hablar. No puedo evitar pensar en que tiene más posibilidades que yo en los juegos, pues probablemente Dan le elija a él y no a mí. Suspiro y entonces él murmura las primeras palabras que le oigo decir.

 -¿Por qué odias a Dan? - pregunta en tono inocente. Yo me contengo para no gruñir.

 -Porque él me odia a mí.

 -Es mentira, Skiley. -sabe mi nombre, es un detalle supongo. -No te odia.

 Suspiro y prefiero no contestar.

 -Es nuestro mentor, quiere lo mejor para nosotros. -continua diciendo. - Intentará ayudarnos fuera de la arena...

 -Joulley. - le interrumpo. - No.

 Él baja la cabeza con aire de tristeza y sigue desayunando. Me hace sentir culpable. Mucho. Pero no puedo seguir oyéndo mentiras. Poco después de terminar de desayunar el tren se para a repostar. Aprovecho para abrir la ventana y tomar el aire. En unas cuantas horas habremos llegado a el capitolio.

lunes, 1 de octubre de 2012

Capítulo 4.

 Antes de nada, deciros que cada día hay más lectores y os lo agradezco. Porque sé que cuesta seguir una historia día a día por si os aburren algunas cosas y eso. Pero os aseguro que se volverá cada vez más entretenido. Por otro lado, busco una colaborador/a o colaboradoras/res para el blog, para que pongan noticias, videos, fan-arts... lo que quieran. Simplemente que se pongan en contacto conmigo por tuenti o por un comentario. (Mi tuenti, por si alguien no lo sabe, es Johanna Mason Tribute.) Sin más demora, os dejo con el capítulo 4.

 El oxígeno empieza a faltar, yo comienzo a marearme, y no me caigo de bruces al suelo de milagro. Es como un Deja-vú. A quien veo en la pantalla, caminando hacia el escenario con rostro asustado, es a Gaby y no a mí. Uno, dos, tres, cuatro escalones.

 La mujer capitoilense hace gestos exagerados, sonríe forzosamente y me pasa sus largos brazos rosados por los hombros. No oigo sus palabras, no oigo nada. Ella coge la segunda papeleta, la de los chicos, y dice un nombre que yo no llego a oír. A medida que recupero mis sentidos, descubro que Dan me mira. Sé lo que está pensando, en que se ha convertido en el mentor de esa chica a la que tanto le gusta fastidiar.  Mientras, el tributo masculino, sube al escenario y puedo verle mejor. Es un niño de doce años. Su pelo rizado, esos ojos oscuros y temerosos... me recuerda demasiado a Evelynn cuando la eligieron como tributo. Recordarla me provoca un nudo en la garganta.

 Rossie se despide de su ''querido'' público y nos arrastra literalmente al interior del edificio de justicia. Me encierran en una habitación en la que nos despediremos de nuestros seres queridos. Me da igual todo, sé que la única que va a venir y necesito que venga, es Danae. Y aparece, con el rostro totalmente quebrado. Me abraza. La abrazo yo a ella.

 -Tienes que ganar. No pienses en el pasado, Skiley. - contesta. No hace falta que diga a qué se refiere. Gaby.

 -Es difícil... - murmuro en tono débil.

 -Sé que lo es, pequeña. Pero tú eres fuerte. Desde hace dos años tienes una fuerza descomunal. Eres tan rápida como lo era tu hermano. - eso me hace humedecer los ojos. -Shh... - comienza a secarme las lágrimas que ruedan por mi mejilla. - No llores, no les des esa satisfación.

 Asiento, pero tardo cinco minutos en calmarme. Y se acaba el tiempo. Demasiado pronto, siempre, todo, es demasiado pronto. El agente se la va a llevar. Ella me da un beso en la frente y comienza a salir. Antes de que la puerta se cierre, dice algo con los labios sin usar la voz. Lo pillo a la primera. Es una simple y sencilla palabra, es una orden, no hace falta que me pongan una pistola en la cabeza para cumplirla. Y la palabra que Danae me ha dicho, es ''Véngale''.

 El tiempo que me queda, me lo paso acurrucada en el sillón de terciopelo que hay en la sala. Acariciando la tela una y otra vez. Sé que no vendrá nadie más. Y llevo razón, claro.

 Antes de que nos vayan a llevar a la estación me retoco el pelo y la cara, no quiero que nadie sepa que he estado llorando, no pueden saberlo. Me tacharían de débil, me convertiría en una presa fácil para los distritos profesionales.

 Me escoltan hacia la entrada, donde hay un coche esperando. Nunca he visto un coche, solo algún camión que se lleva la leña hacia los trenes de mercancías. Me monto al lado del niño, Rossie está en el otro extremo y Dan en el asiento del copiloto. Ella no para de hablar y charlotear como una loca. Resoplo con aire resignado y llegamos a la estación. Todo está lleno de reporteros y cámaras que quieren reflejar mis emociones, pero no dejo que las encuentren. Me mantengo seria y camino al tren.

 Su interior me deja completamente alucinada. Es grande y espacioso, lleno completamente de lujos y comida. Miro todo realmente fascinada. Es increíble. Nos sentamos en unos sillones con la misma tela de terciopelo que la del sillón del edificio de justicia y miro por la ventana. Dan se sienta frente a mí, mirando expectante, como si esperase a algo. Le ignoro y echo una última mirada a mi hogar. A sus aires, sus recuerdos. La primera vez que abracé a Evelynn, cuando correteaba con Gaby jugando al pilla pilla. Esos días de tormenta en los que Danae se dedicaba a peinar mi cabello. Me llevo lo mejor de cada uno de ellos, a pesar de que dos ya no estén aquí. Y también me llevo otra cosa. Una palabra que retumba en mi cabeza. ''Véngale.''