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sábado, 1 de junio de 2013

Dan. ''Los niños grandes no lloran.'' Parte 3.

 Sus cabellos rojizos son inconfundibles, llameantes. Sería capaz de reconocerla en cualquier lugar. Y en cualquier momento. Como en aquel de hace tres años.

  ~Hace 3 años.~

 -¡Dan Lewis! ¡Vencedor de los décimo novenos juegos del hambre! - chilla el portavoz del distrito 4, aunque no le hago el menor caso, pues mis ojos ven, a lo lejos, el mar del distrito 4, que es brillante y azulado. Y no quiero que las palabras juegos del hambre se metan en mi cabeza. No quiero ni puedo escucharlas más veces.

 Creo que voy a darme de bruces contra el suelo en cualquier momento.

 <<Dan, tranquilo.>> No puedo tranquilizarme. Ellos tienen la culpa de todo. Ellos tienen la culpa de mi cambio, ellos tienen la culpa de la muerte de mis padres, ellos creen que esto de ir por los distritos, presentando al vencedor es halagador, cuando solo me da asco.

 Veo sangre en mis manos.

 Veo la sangre del distrito cuatro que murió por mi incendio. La mirada de sus familias:

 La chica se llamaba Amy, sus padres y una mujer que no puede ser otra que su abuela me miran serios.

 El chico era Matt, una madre reprochante dos hermanos entristecidos.

 La suerte no estuvo de mi parte a pesar de que todos digan eso. Porque el vencedor tiene que cargar con la muerte de los vencidos. Y no soy un vencedor, solo soy un chico de 13 años que está muy asustado. Y solo. Estoy solo.

 Y me caigo al suelo, solo viendo oscuridad.


 Abro los ojos.

 Una sala blanca y muy brillante, unas luces de un tono enfermizo. Una maquina pita, y unos cables a mi alrededor, que intento arrancarme desesperadamente.

 -¡Estate quieto! - chilla una voz aguda. Mi mirada se dirige hacia ella. Y se me cae el alma a los pies. La conozco. Lleva una coleta, pero eso no impide que su melena rojiza destaque sobre su uniforme verdiazul. Es la chica que vi antes, la hermana de Matt Dotteli.

 Mi estupidez habla en primer lugar.

 -¿No eres muy joven para ser enfermera?

 -Estoy cubriendo a mi madre en cuanto a ti respecta. Más que nada porque ella no puede ni mirarte a la cara.

 Yo asiento, sin sorprenderme demasiado.

 -¿Y tú por qué sí?

 -Porque mi hermano era un idiota. Por supuesto que le quería, pero nadie le puso una pistola en la cabeza para que se presentara voluntario. Además - añade - no eres nada del otro mundo. Ese incendio solo se propagó por suerte. Ganaste por accidente, Lewis.

 Aparto mi mirada y suspiro.

 -No hay suerte, pelirroja. Eso no existe. - digo convencido.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Capítulo 23.

 No puedo respirar.

 Ni pensar.

 Ni reaccionar.

 No puedo ni moverme.

 Ni nada.

 Solo sé que estoy sujeta de un árbol. ¿Por qué? ¿Por qué una cuerda tira de mis pies? ¿Por qué mi cabeza está a varios centímetros del suelo? No son centímetros. Son metros. Son kilómetros. No es un árbol, es un pájaro. Un pájaro agarra la cuerda y me lleva lejos. Vuela más alto, y más. Alejándome de mí. Alejándome de la vida.

 El pájaro gruñe y me suelta. Yo chillo mientras caigo y me preparo para la larga distancia que me separa de la tierra firme. No puedo tampoco corregir mi forma, pues sigo paralizada, cayendo de cabeza. Acercándome al suelo lentamente. No quiero morir.

 Y no muero.

 Un golpe en mi cabeza. Un golpe blando y frío. A la vez tan rápido... Luego, también mi cuerpo cede, cayendo así al suelo. Soy libre. El pájaro se ha ido... Yo también.


 -Skiley, despierta. Despierta. Hey. - abro los ojos después de que alguien sacuda mi brazo. Al principio me cuesta identificar al dueño de la voz. Luego me doy cuenta.

 -¿Joulley?

 -¿Qué te ha pasado? -pregunta él, ayudándome a incorporarme.

 Samantha me mira con el ceño fruncido. Mi aventurilla en busca de problemas no le ha gustado. ¿Cómo iba a hacerlo? Al menos ahora sé que están bien y que aquel cañonazo no era perteneciente a ninguno.

 Estoy helada. No sé cuanto tiempo he estado tirada en el suelo, pero sí el suficiente para que la nieve haya calado mis ropas y para que cualquier tributo hubiese podido encontrarme como una presa fácil. Sin ni siquiera haberme podido defender. Además, mi cuerpo está entumecido a causa del tiempo que he estado colgada de la rama. Mis manos van instintivamente al tobillo que me ha apretado la cuerda, que ahora está libre, aunque con una marca rojiza y rayada.

 -Gracias por librarme de la trampa. - comento tratando de levantarme. Sam me pasa un brazo por los hombros para ayudarme.

 -¿Qué trampa? - pregunta ella, extrañada.

 -En la que he caído, la cuerda. - les miro a ambos, confusa. - La que me tenía colgada del árbol.

 -Nosotros no hemos visto ninguna, Skiley.

 Frunzo las cejas sin saber qué decir y me encojo los hombros. O alguien me ha salvado la vida, o simplemente la trampa estaba mal hecha. Claro que no falta la opción de que los vigilantes me quieran un rato más con vida. Aunque, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos también me odian por la sesión privada. Suspiro y camino con mis aliados hacia el refugio, que a estas alturas, es el único lugar dónde puedo sentirme como en casa.


 -¿Encendemos un fuego? - pregunta Samantha, tras haberme mostrado una especie de comadreja con la que han dado. Parece buena carne, lo que no hace más que aumentar mi hambre. Miro al cielo, si esperamos un rato más, será difícil visualizar el humo desde lejos. Pero... mi estómago gruñe, ruge y hace sonidos lastimeros que incluso llegan a marearme. Por lo que me veo obligada a asentir y a rezar para que no haya nadie rondando por aquí.

 -Podríamos comerla cruda. - sugiere Joulley.

 -Y así arriesgarnos a enfermar. - responde Sam en tono defensivo.

 Agito la cabeza y con un tono sereno digo:

 -La cocinaremos. Estoy muerta de hambre.

 Joulley pela el animal y lo trocea mientras yo preparo el fuego. No me cuesta demasiado dar con la madera apropiada para esto, pues muchas veces, en los bosques, necesitábamos luz para trabajar de noche. Apenas lo hice tres o cuatro veces, pero me quedé con la técnica. Presionar, rozar y soplar. Palo sobre tabla. También se puede hacer con una cuerda. Pero es prescindible. Presionar, rozar y soplar.

 Y tener paciencia.

 Al cabo de un rato consigo humo, luego una humareda. Y al fin una llama, que logro avivar. Pienso en la chica del distrito cinco, ella y su lanzallamas no tendrían ningún inconveniente. Suspiro y consigo crear una hoguera decente en unos veinte minutos. Luego, una vez cortada la carne, empezamos a asarla entre los tres.

 Nadie dice nada.

 Bueno, ¿de qué podemos hablar en los juegos del hambre? Hablar de casa es un tabú, del miedo que tenemos no sería apropiado para los patrocinadores. Pero aburrimos al capitolio, lo noto. Quieren ver mi desesperación. Mi anhelo hacia Dan. Y aunque tenga esa extrañeza en mi interior, no puedo mostrar mi debilidad. Pero sé que lo desean. Puedo oír sus voces. En sus casas a la hora de la cena. Una familia de capitoilenses, vestidos de forma extravagante mirando hacia la pantalla de su comedor mientras esta me refleja. Refleja mi pelo revuelto, mis ojeras y mis pómulos vacíos. Mi mirada asustada y mi lucha contra ello. Quiero no tener miedo. Quiero no echar de menos a nadie. Quiero no sentir nada. Pero está ahí presente. Y duele.

 El cielo oscurece mientras nosotros cenamos, sin más ruido que el de algún insecto extraviado o el de nuestras respiraciones. Luego suena el himno y refleja una sola persona. Es la chica del 6. El sello del capitolio se proyecta y todo vuelve a calmarse.

 -¿Haces tú la primera guardia, Joulley? - pregunto al pequeño. Él asiente. Muestro una forzada sonrisa de agradecimiento y me recuesto en las mantas junto a Samantha, que no es la misma. Y entiendo por qué no lo es. Sé lo que es perder a alguien, sé lo que duele. Sé que cuesta decir algo en estos momentos. Solo puedo susurrarle un buenas noches antes de quedarme dormida.


 Despierto de madrugada con un castañeo de dientes retumbando en mis oidos a la par que un viento frio que silva y retuerce todas las ramas que ve a su paso. ¿Quién tiembla? Soy yo. Y también mis aliados, que intentan abrazarse para mantener el calor. Los tres tiritamos de forma radical. Los vigilantes han empezado a jugar con las temperaturas, podemos estar seguros de ello.

 -Esperemos hasta que pase la tormenta - chilla Samantha, justo antes de que el vendaval arrase con las ramas que nos tapan y la nieve cale nuestras ropas. Agito la cabeza, tenemos que irnos.

 -Volvemos a la pradera. - Samantha discrepa.

 -¿Y de paso cruzarnos con los profesionales? no, gracias.

 -Si nos quedamos aquí moriremos congelados, y no es mi plan por ahora.

 -Pues lárgate, gana y vete con tu mentor. Cásate y ten diez mil hijos, yo me quedo aquí.

 -¿Creéis que es momento de discutir? - interviene Joulley alzando la voz. Nosotras dos nos miramos, un poco enfrentadas. Sigo sin caerla bien, y lo entiendo. Pero si somos aliadas, lo somos para todo. Bueno, hasta que eso se acabe, claro. Es Samantha la que gruñe y acepta a regañadientes que nos movamos.

 Pero hay un pequeño detalle que no recordaba. Si te mueves es porque los vigilantes quieren que te muevas, y si quieren moverte es para llevarte a una trampa o ante otros tributos.

 No llevamos ni dos horas caminando, lo justo para llegar al pie de las montañas que nos trajeron hacia aquí cuando sucede.

 Una alianza de dos está en nuestro camino.

 Y no hay tiempo, ellos empiezan a atacar. Uno de ellos tiene un arco como el de Sam, y parece saber como usarlo. La flecha vuela hacia Joulley, se clava en su hombro y él grita. Yo también. Yo grito de furia. Una furia desconocida.

 La siguiente flecha se dirige hacia mí. Pero logro esquivarla en el último momento. Cojo mi hacha del cinturón y la lanzo, dando en su cuello, que emana sangre continuamente. Sé que no va a sobrevivir a esta. Lo sé. Por otra parte, Samantha a logrado deshacerse del otro tributo.

 Dos cañonazos.

 Soy una asesina.

sábado, 25 de mayo de 2013

Capítulo 22.

Sus rizos oscuros, aunque húmedos por los copos de nieve que los decoran, tintinean en cuanto gira la cabeza para mirarnos. Primero se topa con mis ojos y luego con los de Samantha. Ni siquiera le ha dado tiempo a asustarse, por lo que directamente muestra una pequeña sonrisa, que casi destaca sus hoyuelos. No puedo evitarlo, ni contenerlo, rodeo su flacucho cuerpo con mis brazos.
 
 -Me tenías tan preocupada... - susurro deshaciendo el estrecho abrazo. La rubia no le abraza, pero le sonríe tristemente. Él se levanta de su rincón y nos ofrece las bayas con las manos rojizas de sujetarlas. Ambas, hambrientas, las aceptamos. Pues al fin y al cabo, no tiene motivos para querer asesinarnos, y él mismo está comiéndolas. 
 
 Guiamos a Joulley hacia nuestro tosco refugio, donde le cobijamos en la pequeña manta que conseguimos en el baño de sangre. No sé que hora será, pues el cielo sigue oscuro, únicamente iluminado por una luna creciente, y un par de estrellas débiles a su alrededor. Yo me encojo en un ovillo, cubriendo lo poco que me queda de turno para hacer guardia. Me falta algo, una chispa de calor que este frío me ha arrebatado. En unos segundos me doy cuenta de que ese anhelo no corresponde a una temperatura más cálida. No, corresponde al abrazo de Dan. Dan... capullo encantador. Y pensar que hace unos meses era la persona a la que más odiaba en este mundo... También extraño a Danae. Esa mujer que si no hubiese estado en mi vida, yo me habría roto hace mucho. ¿Qué andará haciendo en casa? Mi terror nocturno aumenta por momentos, pero también mi sueño. Mis párpados amenazan con cerrarse. Agito el hombro a Samantha, esta me mira y asiente. Se incorpora y toma mi posición. Yo me acurruco junto a Joulley y en cuestión de segundos me he ido. Me he ido a casa. 


 Cuando despierto, un rayo de sol amarillo intenso se cuela entre mis ojos, cegándome durante un instante. Pero no da calor. ¿Por qué? Después, cuando mi mano roza el suelo y se hunde en él, me doy cuenta. Mi mano está fría y helada. El suelo blanco como la ni... repleto de nieve. La luz me da una buena sensación. Pero se acaba, cuando me doy cuenta de algo. Estoy sola. 
 
 Samantha y Joulley no están. Sus cosas siguen aquí, pero no hay rastro de lo demás. Han borrado las huellas y cubierto con las ramas sobresalientes del árbol el pequeño refugio de modo que no esté a descubierto para otros tributos. Es un riesgo grande, claro, pero parece haber salido bien. Lo mejor de todo es que hay un hacha en el suelo, y una nota escrita en la tierra del suelo. ''Volveremos pronto, hemos ido a cazar. J y S.'' Bien, ¿y ahora qué? ¿Qué hago yo para cubrir este tiempo? Tengo que pensar en algo que me ocupe, porque si no empezaré a pensar. Y no es algo que me convenga hacer. Lo primero que se me ocurre es tallar unos palos, para que sirvan de pequeñas lanzas o flechas para Samantha.
 
 Me centro en mi labor y estoy con ello un buen rato, hasta que mi estómago empieza a quejarse. ''¿Dónde se habrán metido?'' pienso inquieta. No puedo estar sola. No puedo. Un cañonazo me hiela la sangre. No puedo más. Me cargo la mochila a la espalda y, con el hacha en la mano, salgo del refugio a toda prisa. Tengo que dar saltos para que la circulación vuelva a funcionarme. Ese cañonazo... ¿Y si es de alguno de ellos? Las probabilidades son muy escasas, pero existentes. Corro esquivando árboles. ¿Corro hacia dónde? No tengo ni la menor idea de dónde estoy, y eso no hace otra cosa sino aumentar mi miedo. 

 Es  entonces cuando sucede. Mi tobillo sufre un fuerte tirón y yo chillo del dolor. Aprieto los dientes y pongo mi otra pierna paralela a la dañada, pues si no, no solo me hago daño en el pie, también en las caderas. Estoy colgada boca abajo. Estoy atrapada. En cuestión de minutos puede que muerta. Intento doblar mi espalda hacia arriba, pero es inútil, no soy tan flexible. Nacen mis lágrimas desesperadas, que caen por mi frente a causa de la gravedad. Unos pasos suenan a mi espalda, hundiéndose en la espesa nieve, quiero girarme, quiero y necesito ver la cara de mi asesino, pero no puedo. Está cada vez más cerca. Cierro los ojos fuertemente, esperando mi muerte.

jueves, 14 de marzo de 2013

Capítulo 21.

La lluvia cesó hace un rato, ahora solo hay un cielo negro. Encapotado. Amenazador. Samantha no me dirige la palabra, yo tampoco digo nada. Creo que sé por qué, y que es lo que más necesita en estos momentos: un lugar y un tiempo para llorar la pérdida de Paul, aquel chico de la sonrisa constante, y que arriesgó su vida para salvar la de Sam. Por esa razón, paramos a las dos horas de ir caminando. No podemos ver más que montañas y montañas por todos lados, en todas direcciones. Y de algún modo, me siento como enjaulada. Tengo calor. Y tengo frío. No soy capaz de controlar mi respiración. Puede ser cosa de la altura a la que estamos, pues no es poca. Tampoco hay pistas sobre el paradero de Joulley. Eso debería tranquilizarme, ya que si se esconde bien, puede salvarse de los profesionales.

Un cañonazo retumba en el aire. El baño de sangre terminó, y ha sido largo. Ahora llega el recuento de las muertes. Sam y yo nos miramos, conscientes de que uno de esos cañonazos pertenece al difunto Paul y los contamos inmóviles. Uno, dos, tres, cuatro. Y así hasta ocho. Pocos si consideramos que Selene Fire tiene un lanzallamas. Cruzaré los dedos para que uno de ellos pertenezca a la víbora del distrito cuatro. Aunque claro, la suerte nunca está de mi parte. La mochila que recogimos en el baño de sangre tiene poco, pero tiene. Saco las cosas para verlas junto a ''mi aliada''. Una botella de agua vacía, aunque podemos usar la nieve de las cumbres de las montañas más altas. Unas pastillas de yodo. Un panecillo duro, si lo dejamos más servirá de arma, pienso con ironía. Una cuerda de unos tres metros, una manta, un alambre de caza. Nada más. Nada menos.

En realidad, no sé si Samantha y yo somos aliadas o no, pero al fin y al cabo seguimos juntas. Buscando a Joulley, ella tiene su arco, aunque yo estoy totalmente desarmada, supongo que si me atacan, no tardaré en morir.

 Cuando el sol ya está rojizo sobre el horizonte, nuestros cuerpos están cansados y quejosos de tanto caminar, pero no podemos parar ahora, no mientras vemos que las montañas pueden estar llegando a su fin, y si no, son mucho más bajas ahora. No ha salido la primera estrella cuando un extraño viento polar nos paraliza en nuestro sitio. ¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos? Y hemos dejado las alturas detrás, los primeros árboles se sitúan frente a nosotras, pero la temperatura es tan baja... Ambas nos miramos de forma silenciosa, pero seguimos caminando unos instantes después, seguras de nuestros pasos. Al menos ella lo está.

 Entonces una chispa de blanco sobre las hojas verdes y el suelo irregular. Y esta chispa crece. Es nieve. Auténtica nieve helada. Y el frío es cada vez mayor. Sin embargo, la espesura del bosque no es suficiente para escondernos de posibles tributos, y tenemos que adentrarnos más en él, más en la nieve, más en el frío. Por eso el extraño traje. Una parte era para esta zona. Entonces, ¿qué hay al otro lado? ¿Calor intenso? Los dientes me castañean, y tengo que cruzarme de brazos para pegar el abrigo a mi cuerpo fuertemente.

  Al caer la noche, intentamos trepar a un árbol, pero la nieve nos hace resbalar y caer al frío suelo. Lo mismo pasa con las rocas, además nuestras manos están rojizas e irritadas de posarse en tales temperaturas. Al final nos decidimos bajo la copa de un árbol espeso. Sus ramas protegen el suelo un poco, y podemos barrer la nieve hasta quedarnos con la tierra. Nos repartimos la manta y nos tumbamos juntas. Asomadas, vemos el cielo. El himno. Las caras.

 Jack es el primero en salir. Le siguen los dos del tres y el chico del 5. El siguiente en proyectarse sobre las estrellas es el chico del 8, compañero de Alisson, eso me alivia, saber que Joulley está vivo... Las chicas del 9 y el 10. Por último Paul. Samantha parpadea y carraspea su garganta, luchando contra el llanto.

 -Puedes dormir, yo haré la primera guardia. - ella asiente agradecida y se da media vuelta, con la cabeza apoyada en la mochila.

 Me castañean los dientes y no me gusta estar en el suelo, donde somos presas fáciles. Aunque por el momento no nos hayamos cruzado con nadie desde el baño de sangre. Entonces lo oigo. Unos pasos. Una rama que se rompe. Por un momento me asusto, pensando en Alise y compañía. Pero luego pienso que los profesionales sonarían más. Sacudo el brazo de Sam. Ella se sobresalta un poco y poso una mano en sus labios en gesto de silencio. Ella también lo oye, porque prepara su arco instantáneamente.

 Nos levantamos a la par. No podemos dejarnos vencer por el miedo. No ahora. Suena de unos arbustos, a unos metros tan solo. Agarro una piedra del suelo porque es lo mejor que tengo.

 -Yo te cubro. - suena estúpido. Cubrirla con una piedra. Pero al fin y al cabo, ¿qué le voy a hacer?

 Entonces llegamos. Ella me mira justo antes de abrir las ramas de una patada y que entre ellas aparezca el pequeño Joulley recolectando bayas.

lunes, 18 de febrero de 2013

Capítulo 20.

 La lluvia cala mis ropas rápidamente, entra por la poca piel que llevo descubierta y me hiela. Pero no de forma fría como lo harían unas bajas temperaturas. Incluso dudo que sea la lluvia lo que me paraliza. La arena es una completa tormenta, de viento, rayos y gotones golpeandonos a cada uno de nosotros. No puedo ver gran cosa, pero estamos situados en un valle, rodeados de montañas y nada más que montañas, no se ve nada más. Ni una chispa de cielo, ni siquiera hay árboles, solo pradera y rocas. ¿Se han vuelto locos? ¡Moriremos todos el primer día de los juegos! Aunque quien sabe si es eso lo que quieren, los vigilantes son impredecibles.

 La cornucopia es de un dorado apagado, apenas brilla, solo haces de luz la recorren por cada rayo que quiebra el cielo negruzco. Tengo el tiempo justo para idear algo, en un minutos las minas de las plataformas se desactivaran y todos empezaran a correr. Y a matar. Intento localizar a Joulley, sin éxito. A mi izquierda está Samantha Clearwater, la que estuvo a punto de ser mi aliada, pero las cosas con Dan hicieron que eso no fuese posible. A mi derecha está el compañero de Dakota, el chico del distrito 8, llorando y sin dejar de mirar a la plataforma de al lado, que está vacía. A los vigilantes les gusta jugar con nuestros sentimientos. Y parece ser que les funciona, porque cuando apenas quedan 15 segundos para comenzar, su plataforma estalla en miles de trozos, llevándose media zona de tierra de por medio, tengo que apretar los dientes para no comer barro. Y la fuerza de las ondas está a punto de acerme caer, por suerte no lo hago. No hay tiempo de llorar por su pérdida, solo de mirar las armas. Las hachas. Están al lado de los tridentes. Y sé a quienes se les da bien los tridentes. Llevaba yo razón cuando decía que me harían pagar lo de los entrenamientos. Mi mirada se detiene en algo. Es una mochila, pero no una mochila cualquiera. Esta es alargada, podría contener un palo, o algo así. Y suena el gong.

 Me ha pillado de imprevisto, no me lo esperaba y el contador a llegado a cero. Corro y corro, pues supongo que soy rápida, como me dijo el monitor de lucha cuerpo a cuerpo, sin embargo, Alice está allí, riendose a carcajada limpia, tiene a Joulley arrinconado. No lo pienso ni un instante y me lanzo encima de ella, con ansia, furiosa. Me pega un puñetazo en el estómago que me hace vomitarle encima el desayuno. Sonreiría, pero me duele demasiado. Intento volver el tridente en su contra y clavárselo en la garganta, pero ella es fuerte.

 -¡Skiley! - oigo gritar a Joulley.

 -¡Vete! ¡Corre! ¡Coge las hachas y vete! - es lo único que respondo mientras forcejeo con la pelirroja, el niño tarda, pero acaba haciendome caso. Y alguien me coge en brazos y me zarandea en el aire. Es Jack, el chico del 1, que me cuelga en el aire desde el cuello. Noto la falta de aire. Me estoy mareando. Y Jack me escupe. Me escupe sangre y cae al suelo, con una flecha atravesando su cuello. Samantha apunta a Alice, pero esta esquiva el tiro y se avalanza sobre ella. Es Paul el que se pone de por medio. Y el tridente se hunde en su pecho fuertemente. Samantha grita. Alice sonrie. Una llamarada de fuego se cierne a unos treinta metros de distancia. Y ya sé lo que contenía la mochila alargada. La chica del 5 intenta protegerse de los profesionales que la rodean.

 -¡Alice! - oigo llamar a alguien.

 -¡Te necesitamos! - acompaña otra persona, que no puede ser otra que Bianca. Es extraño, jamás los profesionales se han ''necesitado'' en el baño de sangre. Ella vacila, nos mira con odio y corre. Samantha está tirada en el suelo junto al cadáver de Paul, llorando. Si no nos vamos de aquí pitando, nos matarán, podemos estar seguras de eso.

 -Venga.- comienzo a decir, pero me ignora y se abraza a él. - Samantha...

 -¡No quiero!

 -¡Sam! - actúo por instinto y le doy un pequeño tortazo para que me mire. - Tenemos que irnos. Tenemos que irnos ahora.

 Ella lloriquea, y acaba por levantarse y correr conmigo en la dirección en la que Joulley se fue, no sin antes coger la mochila que el chico del 5 llevaba colgada antes de morir desangrado. La tormenta no cesa, incluso parece aumentar por momentos. Nosotras no nos detenemos aunque nuestros pulmones ardan. Y además ella tiene mejor resistencia que yo.

 Cuando por fin dejamos la pradera, una enorme montaña se eleva ante nosotras. Enorme es poco. Gigante. Más que eso. Lo bueno es que la cuesta no es muy empinada y no corremos peligro de caer como si de un tobogan se tratase. De momento no hay tributos a la vista, solo oscuras sombras que parecen hormiguitas a lo lejos. Hormiguitas muertas. Y unas lenguas de fuego que parecen grandes bolas elevándose con el viento.

 Samantha y yo no hablamos en el viaje hasta la cima, aunque ya hayamos podido dejar de correr. No hay palabras posibles que poder emplear. Ni un ''lo siento'' de su parte ni un ''lo siento'' de la mía. Pero seguimos juntas. Con un objetivo común. Sobrevivir.

 El clima empieza a cesar, las nubes a calmarse. Ya no llueve. Sale el sol. Pero mi tranquilidad no se calma.

 Tengo que encontrar a Joulley.

jueves, 7 de febrero de 2013

Capítulo 19.

Me despierto de forma lenta, ardua. Mis párpados luchan por mantenerse cerrados y no volver a abrirse en mucho tiempo. Yo sé por qué. Porque hoy empiezan los vigésimo segundos juegos del hambre. Tengo entendido que empezarán a mediodía. Lo más recomendable es, que aunque tenga el estómago cerrado, me atiborre a comida.

 El calor entre mis brazos es lo primero que noto, pues estoy abrazada a él, cuyos ojos amoratados delatan una noche sin sueño.

 -Has dormido algo, Dan? - él sacude la cabeza de forma negativa.

 -Yo ya dormiré, lo importante ahora es que tú desayunes.

 -De un modo casi automático, se levanta y me levanto. Parece alterado, algo le pasa. Me pregunto qué será. El debe notar mi preocupación en el rostro, porque se me acerca y, atrapando mi cara entre sus manos, me besa dulce y cálidamente. Este beso es tan único como maravilloso. Me hace sonreír, me hace subir a las nubes.

  Al rato se detiene.

  -Vamos, pequeña. - caminamos hasta la puerta. Al salir, los demás están despiertos y desayunando un grandioso banquete.

-¡Es el día! ¡Es el día! - exclama Rossie emocionada, cosa que me altera un poco. Ella siempre tan vivaracha y cantarina.

 Joulley, está asustado, y come despacio, como si eso impidiese el rápido paso de las agujas del reloj. Los dos estilistas, desayunan de forma silenciosa. Apuesto a que no les sienta bien que los chicos que han convertido en símbolos reconocidos de Panem, tengan grandes posibilidades de morir en pocas horas. Dan y yo nos sentamos, ignorando a esa encantada e ilusionada Rossie, y comenzamos a desayunar silenciosamente.

  Yo lo intento, pero sólo dos panecillos con chocolate entran en mi estómago. No puedo más.

  Tengo un nudo en la garganta. Siento frío a la vez que calor. El vello erizado de mis brazos me delata. Cuando las 10:30 marca el reloj, bajamos a la planta baja del edificio. Allí nos despedimos de Rossie, que parece sorprendentemente, estar luchando contra las lágrimas. Me braza suavemente y hace lo mismo con Joulley. Luego nos desea suerte a los dos.

  Vamos hacia un campo a descubierto que tiene dos aerodeslizadores detenidos en el centro del todo, bajo el sol matutino. Algunos tributos van subiendo a estos, cabizbajos en la mayor parte. Orgullosos profesionales la minoría. Aquí es cuando toca despedirse de él. De Dan. Joulley le dice adiós con voz ronca y apagada. Yo no soy capaz de hablar. El pequeño camina a los aerodeslizadores apenado, comprende que queremos despedirnos. A solas.

 No hay palabras, estas sobran y se van con el triste suave viento del capitolio, que está ajetreado por los últimos momentos antes de que los tributos lleguen a la arena. Nos miramos. Sus ojos verdes brillan, humedecidos. No quiero verle llorar. Aunque supongo que mis ojos estarán igual, o peor. Él me abraza, sujeta mi cabeza con su mano y la pega contra su pecho mientras el viento alza mi pelo. Quiero llorar. Quiero hacerlo. Pero no puedo derrumbarme ahora. Sky se rompió ayer. No pudo más y lo hizo. Una mujer me mira desde la puerta, vestida con una bata blanca y me dice que me de prisa, de forma impaciente. Me separo de él. Ya tiene lágrimas en su mejilla.

 -Sky... - es lo último que le oigo decir. Porque le callo con un beso y cuando nos separamos, no le dejo hablar.

 -Dan, no te dejes romper tú, no lo hagas como yo ayer lo hice. No estaré aquí para recoger tus trozos.

 Quiere replicar, decirme que volveré, que lo prometí, pero sacudo la cabeza y rozo sus labios nuevamente.

 -Te quiero... - susurro antes de que unos brazos me rodeen y me ''arrastren'' literalmente al aerodeslizador. Le miro y él a mí. Se coge de los pelos, conteniendo su rabia y patalea una piedra que se escondía en el gran campo verde. Lo siguiente que veo es una pared gris y repleta de cables. La puerta del aerodeslizador se ha cerrado.

 Estoy sentada en un asiento, frente a mí hay un asiento vacío. ''Dakota'' - pienso para mis adentros. Me pregunto si lo habrán puesto ahí aposta. Jamás lo sabré. A mi lado derecho, Bianca se ríe burlona, y a mi izquierdo, Sebastian, compañero de Alice, le acompaña. No puedo ver quienes más están en mi pared, pues los pechos de Bianca lo tapan todo. No puedo evitar fruncir el ceño. La pared contraria la ocupan, Jolley, la inexistente presencia de Dakota, Selene del cinco, Jack, Alice, Samantha. En ese mismo orden. Lo que me lleva a pensar que los doce que faltan están en el segundo aerodeslizador. Suelto un suspiro. Y todo empieza a vibrar.

 El camino es largo. Diez minutos antes de parar, la chica que me trajo arrastras me coje el brazo y me inyecta algo por una gruesa aguja metálica.

 -Un localizador. - comenta seria, y va hacia Sebastian. Curiosa, me toco el brazo, notando el pequeño bulto que destaca. - No lo toques. - ella me clava la mirada. La mataré mentalmente. Al igual que Alice, Snow, Bianca, Sebastian... una larga lista. Una muy larga lista.

  Cuando el vehículo dejo de temblar, la puerta se abrió, aunque no había nada que no fuesen paredes y más paredes, un largo pasillo con un montón de puertas. Los corrales donde encerraban a los pollos antes de que les den matanza. Me metieron en la puerta número siete de la pared derecha. Joulley a la izquierda.

 Zafira.

 Corrí hasta ella y me rodeó con sus brazos. Me fije en una mesa, había cosas de comer y agua. Para el último momento. Me obligo a mí misma a comer un panecillo acompañado de un vaso de agua.

 -No sabría decir que os espera arriba. El traje por dentro es ancho y fino, para temperaturas cálidas, pero por fuera le acompaña un buen pelaje para temperaturas bastante bajas. Quizá jueguen con la temperatura. - se encoge de hombros y cuando termino de comer, me ayuda a colocarme, lo primero, Un traje de cuerpo entero, pero ligero y de manga corta de color negro, y unos pantalones largos y grises, con una chaqueta peluda por encima. Comienzo a tener calor, pues la temperatura de aquí abajo es normal dentro de lo que cabe.

 Las dos suspiramos a la par y ella me abraza una vez más. Este abrazo dura tanto como puede, hasta que una voz robótica lo dice: Un minuto.

 Me besa la frente. Cincuenta segundos.

 Me pasa el dedo pulgar por la mejilla, por donde una lágrima empezaba a resbalar. Cuarenta segundos.

 Respiro hondo y cierro los ojos. Ella me posa una mano en el hombro en gesto de aprovación. Treinta segundos.

 -Gana, ¿vale? - propone mientras que la voz pronuncia que quedan veinte segundos.

 -Lo intentaré.

 Diez.

 Camino hacia el tubo de cristal transparente, una pequeña base metálica que sé que si dejo de pisar en la cuenta atrás, me hará estallar en mil pedazos. Y entonces sí que Skiley se romperá del todo.

 Cinco.

 Y después todo es silencio. El tubo se cierra y empieza a ascender. Miro los ojos azules de Zafira por última vez y entonces, la lluvia de un día nublado cae sobre mí.

miércoles, 30 de enero de 2013

Dan. "Los niños grandes no lloran." PARTE 2.

Skiley frunce el ceño mientras duerme, seguro que sueña. Pero soy incapaz de despertarla. Me incorporo un poco, esperando que este gesto no la desvele. Me tiene agarrado de tal forma, que tengo que maniobrar como zafarme de su fuerte abrazo. He de ir a hacer algo.

Me abrigo, poniéndome una bata negra, que no es precisamente masculina, pero sirve, y salgo de la habitacin de forma sigilosa.

Fuera no hay nadie, a estas horas desde luego que no.

Atravieso el salón en silencio, caminando de cunclillas y llamo al ascensor, que no tarda en venir y abrir sus puertas en mí. Entro, y pulso el número cuatro.

Su planta es algo distinta a la nuestra, pero no demasiado. Lo único que varía por completo es el color azul de sus paredes y la localización de los muebles.

Y luego, en el sofá está ella, esperándome sonriente.

Alice.