Se pega a mi cuerpo como las sábanas temprano por la mañana. Incluso rodea mi cintura con sus brazos, observo que cierra los ojos y acerca su rostro al mío. No puedo evitar lo que sucede, mis brazos responden por sí solos y empujan su cuerpo con fuerza, empujándole al otro lado del balcón y haciendo que caiga. El corazón amenaza con salirse de mi pecho. Se agita con fuerza. Suelto un pequeño gritito mientras Dan voltea el balcón y se mantiene sujeto gracias a sus perfilados brazos. Puede caerse en cualquier momento. Me acerco y le tiendo la mano para ayudarle.
-Lo siento, Dan. - el susto me saca las lágrimas de los ojos. - Yo... no quería hacerte daño. - puedo ver que su ceja sangra leve, pero notablemente y, cuando sube, veo que su espalda está rojiza y entumecida. Me llevo una mano a la cara mientras sollozo.
-Eh, eh... - me abraza, y por alguna estúpida razón no me aparto. - Tranquila, estoy bien.
Sorbo por la nariz y me seco la cara con las mangas de la camiseta..
-Pero...
-Shh... - me detiene, puedo notar, como su pecho se mueve, que su respiración es acelerada, y que su pulso está al mismo compás que el mío. Me acaricia la espalda, llevando su mano desde mi cabeza hasta mi cintura. Ese gesto me calma lo suficiente como para dejar de llorar.
Nos quedamos un buen rato así, mientras mis pensamientos intentan deducir que ha pasado. Dan... ¿me quería besar? y yo le he empujado por un balcón. ¿Por qué lo he hecho? Está claro que no quería besarle... Sin embargo... Si le hubiese dejado hacerlo, ¿habría pasado algo? Retiro estas ideas de mi cabeza mientras él retoma la palabra.
-Y, además, no me hubiese pasado nada. Todo el edificio está cubierto por un campo eléctrico para evitar... suicidios y esas cosas.
-¿Alguna vez lo han intentado? - pregunto frunciendo el ceño.
-No tengo ni idea, pero supongo que si no estuviese ahí esto no hubiese acabado tan bien quizá. -pone los ojos en blanco mientras yo hago una mueca. Una gota de sangre cae en mi brazo, tiñendo un poco este de rojo, lo que me recuerda sus heridas.
-Te voy a curar, vamos.- digo en tono serio mientras le cojo de una mano y tiro de él hacia el interior. Dan se quita la camiseta y la arruga para ponérsela en la ceja dañada. Como ésta, es blanca, se mancha enseguida. La situación me provoca un doble nerviosismo.
Primero, la brecha no deja de sangrar.
Segundo, Dan está sin camiseta.
Éste último pensamiento me provoca un escalofrío. Debo reconocer que es atractivo, lo mires por donde lo mires. Pero... han sido tantos años de bromas pesadas que ya no sé cómo debo de ver a este chico. Suelto un suspiro y agito la cabeza cuando él se ríe, consciente de que no aparto mi mirada de su torso. Me dirijo al baño de mi habitación y me miro al espejo, me apetece darme un bofetón por lo que acabo de hacer. Aunque, en lugar de eso, busco el botiquín para heridas leves. Lo cojo y salgo rápidamente. Dan se ha sentado en el sofá. Dejo el botiquín junto a él y continúo mi paseo hacia la cocina. Donde me hago con dos cubitos de hielo que envuelvo en un trapo. Regreso con Dan y le doy el hielo.
-Póntelo en la espalda. - me siento al lado de él y abro el botiquín. Tiritas, agua oxigenada, algodón, espadradapo, vendas, pastillas... Me muerdo el labio inferior, precisamente, hacer de enfermera, no una de mis cualidades. Humedezco un poco de algodón en el agua oxigenada y se lo acerco a la brecha con suavidad. Él suelta un siseo, pero no se queja mucho.
-Bueno, Sky, ¿y cuál era la razón por la que querías matarme?
-No te quería matar.-contesto en tono serio.
-Pues casi lo haces. - ríe sin demasiadas ganas y continúa. - Siento haber hecho eso.
-¿El qué? Lo de intentar besarme. No importa, ya estoy acostumbrada a tus gilipolleces.
-Hey... Calma, fiera. - coge de mi barbilla y me obliga a mirarle a los ojos. A esos inconfundibles ojos verdes. Inconfundibles y malditos, pues hacen que quisiera cambiar lo ocurrido en el balcón, pero no lo que hubiese ocurrido si no le hubiese empujado. Él muerde su labio inferior, con una sonrisa. Yo le miro sin saber qué hacer. -No vayas a ponerte tan agresiva como Rossie, ella sí que tiene pintas de ir empujando a la gente por las ventanas.
Ese chiste malo me produce un ataque de risa fuerte, Dan intenta calmarme, no es intención despertar a todo el equipo por esta tontería. Me calmo un poco y le pongo una tirita en la ceja mientras la sonrisa permanece ahí, constante.
-Me gustas, Sky. - dice cuando ve que estoy por la labor de irme.
Lo curioso es que no me sorprende demasiado. Suspiro y me acaricio las sienes, algo consternada.
-¿No vas a decir nada? - pregunta.
-¿Y qué debo decir?
-Si... me correspondes.
-Dan, no entiendo nada. No te entiendo a ti. Si te gustase hubieses sido distinto en un pasado, no te hubieses portado como un capullo durante todos estos años.
-Pero soy un capullo. Nadie lo entiende mejor que tú.
Asiento.
-Lo eres y no, no te correspondo. - digo en tono hosco, intentando levantarme de nuevo. Él vuelve a sentarme.
-Demuéstramelo. Mírame a los ojos y dime que no.
Y otra vez me pierdo en su verde mirada. No es tan difícil hacerlo, son dos letras, una ''N'' y una ''O'', claro que mis labios se resbalan y me quedo en un titubeo indescifrable.
-Me voy a la cama.
-¡Te gusto, Sky! ¡No lo puedes negar! - exclama animado mientras me alejo. - Ten, para tu colección. -me lanza su camiseta ensangrentada.
-Eres un capullo.
-Lo sé.
Me meto en la habitación y, antes de cerrar la puerta suelto:
-Y si me llamas Sky otra vez, te vas a arrepentir, Dan - chillo para que pueda oírme, pero sin poder contener una sonrisa.
Y es que es Dan Lewis, el cabrón encantador del distrito 7.
miércoles, 19 de diciembre de 2012
martes, 18 de diciembre de 2012
Capítulo 10.
La comida en el gimnasio del primer día, transcurre lenta y sofocante. Los profesionales ya se han hecho ''amiguitos'' y marcan su territorio como perros salvajes. Arman mucho escándalo, e intentan meternos miedo a todos. Yo no tengo miedo, los odio demasiado como para tenerlo. Por lo que en mí implica, no hablo con nadie que no sea Joulley, aunque a mí se me acercan educadamente dos tributos. Son los del doce. La chica es la que toma la iniciativa, parece joven, aparenta unos quince años. El chico parece algo más mayor. Ella es rubia y delgada, de tez pálida. Él tiene otros rasgos diferentes, piel aceitunada y ojos grisáceos. Samantha y Paul, son sus nombres. Procuro ser amable aunque no sea mi punto fuerte y Joulley y yo pasamos el resto de la tarde con ellos. En cuanto dan las nueve en punto, nos echan del gimnasio, tenemos que tener sí o sí las mismas horas de entrenamiento para que sea justo para todos.
Nuestro ascensor hace un viaje eterno. Primero a la planta 5, para dejar a una chica morena, que ha pasado los entrenamientos en el puesto de hogueras, sola. Me pregunto si tendrá un plan parecido al que usó Dan en sus juegos. Aunque lo dudo. Ahora los vigilantes tienen más cuidado con el territorio que crean. Luego en la planta 7, la nuestra. Nos despedimos del 12 sin mucha alegría. Ya que el tiempo no se detiene hasta nuestro rumbo a la muerte. Ahí nos espera nuestro equipo para la cena. Todo huele apetitosamente bien. Y me sorprende lo callado que está nuestro mentor. Claro que así mejor.
Cenamos rápido, pero degustando los alimentos. Cuando acabamos, Rossie decide sacar tema de conversación.
-¿Habéis pensado ya en el prototipo que usaréis en las entrevistas?
-Eso es fácil. -contesta Dan, en tono vacilón. -Apostaremos por la ternura con Joulley y la ferocidad con Sky.
Suspiro, es inútil quitarle el apodo de la cabeza. Entonces le interrumpo.
-Espera... Espera... ¿Ferocidad? - digo en tono inseguro.
Él asiente.
-Yo no sé ser feroz.
-Te sale sólo, encanto. - me guiña un ojo. Me pone enferma. - Además, con el vestido que te haga Zafira, matarás dos pájaros de un tiro, pues también estarás sensual.
¿Ha sido eso un piropo? Retiro esa idea de la cabeza. ¿Cómo va a decir Dan un piropo a mi persona?
-Bueno, todo eso está bien - suelta la acompañante. -¿Y has empezado a hablar con los patrocinadores, Dan?
-Sí, ésta mañana hablé con un hombre que apostaba por Sky - me mira con una sonrisa traviesa. - Creo que le gustas.
Arqueo las cejas y suelto un bufido.
-Eso también es genial. Yo también vi a una mujer embarazada que quería a Joulley. Dijo que estaba de seis meses y que quería que su hijo fuese tan ''mono'' como él.
Suelto un bostezo. Mañana continúan los entrenamientos y creo que necesito un buen descanso. Sin embargo, cuando estoy en la cama, pueden pasar segundos, minutos y días sin que me calme y me quede dormida. Sé lo que necesito. Supongo que lo único que me relaja es algo que a la vez no soporto. Hablar con Dan. Creo que sé dónde está. Y no me equivocaba. Me asomo al balcón con él.
-Hey, Skiley. - dice acercándose un poco.
-Hey Dan. - repito en el mismo tono, pero alejándome la misma distancia.
Ignora mi rechazo y se acerca de nuevo.
-¿Cómo han ido los entrenamientos?
-Bien... Han ido... Bien. - digo sin más. - Nos hemos aliado con los del 12. Y quiero a la chica del 5. - enseguida pone los ojos en blanco.
-Sky... Sky... Los profesionales te quieren. - sonríe.
-¿Cómo?
-Que los profesionales te quieren de aliada.
-¿Por qué? - pregunto como una idiota. Entonces recuerdo el coraje con el hacha y el maniquí de esta mañana. ¿Y sólo por eso me quieren?
-Creo que les sorprendieron tus habilidades. Pero... hay un problema. -no hace falta, sé cuál es. - Sólo a ti. Joulley no entraría en el trato.
-Pueden olvidarse entonces de mí. Es más, no pienso aliarme con ellos de ninguna de las maneras. - me interrumpe antes de acabar.
-Escúchame. Quiero que regreses a casa y tus posibilidades se aumentarían si vas con ellos. - ''quiero'' ''él quiere'' que regrese. Agito la cabeza. Él suspira. - Eres tan cabezota... - avanza otro paso y yo me alejo, mi espalda coca con el extremo del balcón.
-No pienso hacerlo, Dan.
-Está bien, tú mandas. - suspira, echándome su aliento, con olor a menta en la cara.
-¿Puedes alejarte un poco?
-¿Acaso... te molesta? - sonríe travieso.
-Sí, mucho.
-Ay, Sky, Sky... - se acerca tanto a mí, sólo para joderme, que con unos cuantos milímetros podría besarme. Mis ojos se posan en los suyos, intentando averigüar que pretende, nunca... nunca me había fijado en él realmente. Sus ojos verdes son... ¿bonitos? quizá no sea el adejtivo apropiado, estos miran un poco más abajo. A mis labios. Frunzo el ceño. Y no me hago responsable del resto.
Nuestro ascensor hace un viaje eterno. Primero a la planta 5, para dejar a una chica morena, que ha pasado los entrenamientos en el puesto de hogueras, sola. Me pregunto si tendrá un plan parecido al que usó Dan en sus juegos. Aunque lo dudo. Ahora los vigilantes tienen más cuidado con el territorio que crean. Luego en la planta 7, la nuestra. Nos despedimos del 12 sin mucha alegría. Ya que el tiempo no se detiene hasta nuestro rumbo a la muerte. Ahí nos espera nuestro equipo para la cena. Todo huele apetitosamente bien. Y me sorprende lo callado que está nuestro mentor. Claro que así mejor.
Cenamos rápido, pero degustando los alimentos. Cuando acabamos, Rossie decide sacar tema de conversación.
-¿Habéis pensado ya en el prototipo que usaréis en las entrevistas?
-Eso es fácil. -contesta Dan, en tono vacilón. -Apostaremos por la ternura con Joulley y la ferocidad con Sky.
Suspiro, es inútil quitarle el apodo de la cabeza. Entonces le interrumpo.
-Espera... Espera... ¿Ferocidad? - digo en tono inseguro.
Él asiente.
-Yo no sé ser feroz.
-Te sale sólo, encanto. - me guiña un ojo. Me pone enferma. - Además, con el vestido que te haga Zafira, matarás dos pájaros de un tiro, pues también estarás sensual.
¿Ha sido eso un piropo? Retiro esa idea de la cabeza. ¿Cómo va a decir Dan un piropo a mi persona?
-Bueno, todo eso está bien - suelta la acompañante. -¿Y has empezado a hablar con los patrocinadores, Dan?
-Sí, ésta mañana hablé con un hombre que apostaba por Sky - me mira con una sonrisa traviesa. - Creo que le gustas.
Arqueo las cejas y suelto un bufido.
-Eso también es genial. Yo también vi a una mujer embarazada que quería a Joulley. Dijo que estaba de seis meses y que quería que su hijo fuese tan ''mono'' como él.
Suelto un bostezo. Mañana continúan los entrenamientos y creo que necesito un buen descanso. Sin embargo, cuando estoy en la cama, pueden pasar segundos, minutos y días sin que me calme y me quede dormida. Sé lo que necesito. Supongo que lo único que me relaja es algo que a la vez no soporto. Hablar con Dan. Creo que sé dónde está. Y no me equivocaba. Me asomo al balcón con él.
-Hey, Skiley. - dice acercándose un poco.
-Hey Dan. - repito en el mismo tono, pero alejándome la misma distancia.
Ignora mi rechazo y se acerca de nuevo.
-¿Cómo han ido los entrenamientos?
-Bien... Han ido... Bien. - digo sin más. - Nos hemos aliado con los del 12. Y quiero a la chica del 5. - enseguida pone los ojos en blanco.
-Sky... Sky... Los profesionales te quieren. - sonríe.
-¿Cómo?
-Que los profesionales te quieren de aliada.
-¿Por qué? - pregunto como una idiota. Entonces recuerdo el coraje con el hacha y el maniquí de esta mañana. ¿Y sólo por eso me quieren?
-Creo que les sorprendieron tus habilidades. Pero... hay un problema. -no hace falta, sé cuál es. - Sólo a ti. Joulley no entraría en el trato.
-Pueden olvidarse entonces de mí. Es más, no pienso aliarme con ellos de ninguna de las maneras. - me interrumpe antes de acabar.
-Escúchame. Quiero que regreses a casa y tus posibilidades se aumentarían si vas con ellos. - ''quiero'' ''él quiere'' que regrese. Agito la cabeza. Él suspira. - Eres tan cabezota... - avanza otro paso y yo me alejo, mi espalda coca con el extremo del balcón.
-No pienso hacerlo, Dan.
-Está bien, tú mandas. - suspira, echándome su aliento, con olor a menta en la cara.
-¿Puedes alejarte un poco?
-¿Acaso... te molesta? - sonríe travieso.
-Sí, mucho.
-Ay, Sky, Sky... - se acerca tanto a mí, sólo para joderme, que con unos cuantos milímetros podría besarme. Mis ojos se posan en los suyos, intentando averigüar que pretende, nunca... nunca me había fijado en él realmente. Sus ojos verdes son... ¿bonitos? quizá no sea el adejtivo apropiado, estos miran un poco más abajo. A mis labios. Frunzo el ceño. Y no me hago responsable del resto.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Anexo: Tributos y distritos.
Bueno, me apetecía desatar mi creatividad un poquito y me he entretenido, no solo con la escena extra de la entrada anterior, de la que no paro de fardar porque me encanta e.e También he creado a cada uno de los tributos un poquito, ya los tengo mentalmente construidos y en fin, no voy a deciros que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, porque hay personas a las que quiero agradecer su apoyo en todo momento y quizá tienen una pequeña mención o algo.
Sin más demora, os presento a los tributos de los vigésimo segundos juegos del hambre:
DISTRITO 1.
Chico: Seth Lenon.
Chica: Bianca Grey. -----> Completa indignación.
DISTRITO 2.
Chico:Jack Storm.
Chica:Nelly Webber.
DISTRITO 3.
Chico:David Moore.
Chica:Linda White.
DISTRITO 4.
Chico: Sebastian Reese.
Chica: Alice Dotelli. -----> Rival.
DISTRITO 5.
Chico:Marc Pevensie.
Chica: Selene Fire. -----> Alianza.
DISTRITO 6.
Chico:Cameron Fanning.
Chica:Vanessa Lion.
DISTRITO 7.
Chico: Joulley Tiddle. -----> Más que aliado, amigo.
Chica: Skiley Weir.
DISTRITO 8.
Chico:Peter Geist.
Chica:Dakota Jhonson.
DISTRITO 9.
Chico: Scott Parksonn.
Chica:Helen Helberg.
DISTRITO 10.
Chico:Mike Alvorld.
Chica:Laurie Williams.
DISTRITO 11.
Chico:Lucas Kraulendford.
Chica: Christie Capland.
DISTRITO 12.
Chico:Paul Mitchell. -----> Alianza.
Chica:Samantha Clearwater. -----> Alianza.
Los datos de rivalidad y de alianzas pueden cambiar, puesto que la historia no la tengo del todo desarrollada. Espero tener el capítulo 10 listo para esta semana, si no, os dejo que me peguéis :3
Sin más demora, os presento a los tributos de los vigésimo segundos juegos del hambre:
DISTRITO 1.
Chico: Seth Lenon.
Chica: Bianca Grey. -----> Completa indignación.
DISTRITO 2.
Chico:
Chica:
DISTRITO 3.
Chico:
Chica:
DISTRITO 4.
Chico: Sebastian Reese.
Chica: Alice Dotelli. -----> Rival.
DISTRITO 5.
Chico:
Chica: Selene Fire. -----> Alianza.
DISTRITO 6.
Chico:
Chica:
DISTRITO 7.
Chico: Joulley Tiddle. -----> Más que aliado, amigo.
Chica: Skiley Weir.
DISTRITO 8.
Chico:
Chica:
DISTRITO 9.
Chico: Scott Parksonn.
Chica:
DISTRITO 10.
Chico:
Chica:
DISTRITO 11.
Chico:
Chica: Christie Capland.
DISTRITO 12.
Chico:
Chica:
Los datos de rivalidad y de alianzas pueden cambiar, puesto que la historia no la tengo del todo desarrollada. Espero tener el capítulo 10 listo para esta semana, si no, os dejo que me peguéis :3
viernes, 7 de diciembre de 2012
Escena extra del capítulo 8.
~Narra Joulley.~
Pataleamos en la pared mientras Dan se ríe al escuchar un gritito que Skiley ha soltado, seguramente al intentar usar la ducha. Yo también suelto una pequeña carcajada.
-Dan. - comienzo a decir cuando paramos.
-¿Sí, pequeño? - me pregunta mientras se levanta de su cama y se quita la camiseta para cambiarla por una más cómoda, sencilla y de color negro.
-¿Por qué te gusta tanto molestar a Skiley?
Él suelta una carcajada y agita la cabeza sin borrar la sonrisa mirado a la pared que recién hemos dejado de golpear.
-Porque es muy divertido. - me guiña un ojo.
-No, en serio. - tendré doce años, pero no soy idiota, no me pueden engañar tan fácilmente como creen, no soy tan ingenuo.
-Pues... Joulley, me gusta tomarla el pelo por la cara que pone cuando se lo tomo. Me gusta cuando grita y cuando se enfada conmigo. Me gusta cuando quiere darme un buen bofetón pero se contiene para no armar un escándalo. Me gusta preguntarla cada día de que color es su ropa interior para ver como se sonroja, y vacilarla para que me conteste mal. Me gusta esos días en los que la da por sonreír, por olvidarse un rato de su pasado. Me gusta... esa Skiley que odia que la llame Sky, porque significa cielo, y ella no quiere ser mi cielo. - pone los ojos en blanco y acaricia la pared. - Me gusta cómo se irrita, hacerla de rabiar y que me insulte. Que me llame idiota, imbécil y capullo. Me... - se detiene y me mira. - Ya he hablado demasiado. Vete a ponerte cómodo para la cena. - me aconseja devolviéndole a su rostro algo de seriedad.
Asiento, y salgo de mi habitación. Cree que ha parado a tiempo, pero no lo ha hecho. A Dan le gusta Skiley, le encanta. Y yo soy un niño de doce años que va a morir en los vigésimo segundos juegos del hambre.
Pataleamos en la pared mientras Dan se ríe al escuchar un gritito que Skiley ha soltado, seguramente al intentar usar la ducha. Yo también suelto una pequeña carcajada.
-Dan. - comienzo a decir cuando paramos.
-¿Sí, pequeño? - me pregunta mientras se levanta de su cama y se quita la camiseta para cambiarla por una más cómoda, sencilla y de color negro.
-¿Por qué te gusta tanto molestar a Skiley?
Él suelta una carcajada y agita la cabeza sin borrar la sonrisa mirado a la pared que recién hemos dejado de golpear.
-Porque es muy divertido. - me guiña un ojo.
-No, en serio. - tendré doce años, pero no soy idiota, no me pueden engañar tan fácilmente como creen, no soy tan ingenuo.
-Pues... Joulley, me gusta tomarla el pelo por la cara que pone cuando se lo tomo. Me gusta cuando grita y cuando se enfada conmigo. Me gusta cuando quiere darme un buen bofetón pero se contiene para no armar un escándalo. Me gusta preguntarla cada día de que color es su ropa interior para ver como se sonroja, y vacilarla para que me conteste mal. Me gusta esos días en los que la da por sonreír, por olvidarse un rato de su pasado. Me gusta... esa Skiley que odia que la llame Sky, porque significa cielo, y ella no quiere ser mi cielo. - pone los ojos en blanco y acaricia la pared. - Me gusta cómo se irrita, hacerla de rabiar y que me insulte. Que me llame idiota, imbécil y capullo. Me... - se detiene y me mira. - Ya he hablado demasiado. Vete a ponerte cómodo para la cena. - me aconseja devolviéndole a su rostro algo de seriedad.
Asiento, y salgo de mi habitación. Cree que ha parado a tiempo, pero no lo ha hecho. A Dan le gusta Skiley, le encanta. Y yo soy un niño de doce años que va a morir en los vigésimo segundos juegos del hambre.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Capítulo 9.
No sé a qué hora abro los ojos, pero sí que soy la primera en despertar y que el sol aún no ha salido sobre los brillantes edificios. Aunque quizá en casa sí que haya amanecido. Probablemente todos estén preparándose para un nuevo día, haciendo sus camas, aseándose. Los más madrugones desayunando. Danae estará en su cuarto, regando la maceta que tiene en la repisa de su ventana, o quizá la haya dejado empezar a marchitarse, quizá sus esperanzas de verme volver estén muriendo ya. Y lo peor de todo, es que quizá sea verdad.
Me levanto de un salto y dejo todo como está para ir al baño y lavarme la cara. El agua fría me despeja. Cambio mi ropa por la que supuestamente llevarán todos los tributos en el entrenamiento. Me fijo bien, es elástica y firme. Se ciñe al cuerpo de forma cómoda, permitiéndo la máxima movilidad. En cuanto al tono, es gris oscuro, con unas líneas azules en las zonas curvadas de mi cuerpo. Suspiro y me calzo. Luego me hago una coleta alta y salgo. Me sorprende ver a Joulley zampando un trozo de bizcocho más grande que su cabeza. Me percato de sus ojeras y su estado tan apagado. Sé que tiene miedo, mucho miedo.
-Buenos días, Skiley. - saluda educado.
-Buenos días. - le contesto mientras me siento en frente de él. Luego miro los alimentos y escojo una magdalena que mojar en mi chocolate caliente. Esta bebida me calma, su sabor es embriagador y produce bienestar. -¿Qué hora es? - pregunto antes de llevarme un trozo a la boca.
-Creo que las seis y media.
Abro los ojos, pues sí que es pronto. Además, no bajaremos hasta las diez, lo que nos deja demasiado tiempo libre que no sé como rellenar para distraerme.
-¿De qué color es hoy tu ropa interior, Sky? - sonríe Dan, haciendo su aparición en escena. Suelto un bufido, al parecer lo de ayer fue un momento de debilidad, pero sigue siendo el mismo de siempre. Y creo que nunca cambiará. -Mmm... Magdalenas. - dice cogiendo la que tengo en la mano.
-¡Eh! - me quejo. - Coge del plato, idiota.
-Hey, hey, tranquila, no te desesperes, o te saldrán arrugas. - muestra una sonrisa autosuficiente.
Suelto un suspiro y cojo un panecillo mientras me levanto. Camino hacia mi habitación mientras oigo como Dan suelta un silbido de ligoteo.
-Imbécil. - digo para mí misma mientras me meto en el cuarto y enciendo el televisor.
Caesar habla con Claudius sobre cada uno de los tributos, intentando dar algunos detalles de sus vidas personales, eso es algo que interesa mucho a la gente del Capitolio, saberlo todo sobre las vidas de los demás. Me pone enferma. Puedo observar a la chica del distrito uno, creo que en cierto modo ya la odio, pues ese mismo puesto ocupaba la asesina de Evelynn. Dicen de ella que es bastante popular y que si gana, se dedicará a posar para todos esos cuentos raros de las revistas capitoilenses, las posibilidades giran bastante a su favor. El chico de su mismo distrito, parece una maquina de matar, lo que me intimida bastante. Lo mismo puedo decir del distrito dos y del cuatro, todos ellos van con su seguridad por las nubes, al igual que su ego, no los soporto. El resto está tan asustado como yo, lo sé por cómo caminaban en las cosechas hacia el escenario, por cómo sus ojos brillaban de agonía al no confiar en sus posibilidades de volver a casa. Sobre Joulley dicen que no hay que juzgarle por su apariencia, que tiene tantas posibilidades como los demás, aunque a mí, personal y egoístamente, no me lo parece. Le aprecio, quiero que regrese si no lo hago yo, pero no creo que lo consiga, ni aunque nos aliásemos, no podría protegerle eternamente, tarde o temprano, uno, o los dos, moriríamos. Luego hablan de mí, de ''Sky'' , por ese nombre ridículo.
-Yo pienso que esta chica está entre los favoritos, Caesar. - comienza a decir Claudius con su grave voz. - Hemos de recordarle a la audiencia que su hermano Gaby llegó a la fina en los decimonovenos juegos. - recuerda mientras siento una punzada en el pecho.
Y entonces ponen unas imágenes, unas imágenes que hace años que no las veo. Un corto vídeo, treinta segundos para que son suficientes para que me eche a llorar. La muerte de mi hermano.
''Gaby se encoge en su rama sin apenas hacer ruido, o esperando no hacerlo, ya que corre más peligro que nunca, bueno, también están todos esos momentos con mi padre, pero aquí no sería igual. Aquí no podrían castigar a los profesionales por matarle, ya que de eso tratan los juegos. Pero, sin embargo, a pesar del miedo que recorre mi cuerpo y el suyo, los cinco chicos, cuatro profesionales y el chico del 5 al que parece que han permitido entrar en la alianza, pasan sin percatarse de su presencia. Mi hermano está a punto de salir por patas en cuanto se alejan un poco, pero algo le detiene, la chica del 5 se avalanza sobre él nada más tocar el suelo, impidiéndole coger nada ni poder defenderse, suelto un chillido y me llevo las manos a la cara, no quiero ver nada más. Pero... cuán equivocada estoy, cuando la menudita chica, le propone a mi hermano una alianza.''
La agonía ha pasado, el reloj ya da las diez y el ascensor baja tan rápido que creo que noto tambaleo, pero no del propio ascensor, sino yo, que me estoy empezando a marear. Joulley se muerde las uñas mientras las puertas se abren, y le ordeno que deje de hacerlo, que no debe parecer asustado. Me hace caso y nos metemos en el gran gimnasio. Dan no exageraba al decir que habría de todo aquí, porque lo hay. Cuchillos, lanzas, arcos... hachas. Hay hasta algún simulador de distintos paisajes, cómo del mar, para aprender a adaptarse a lo que quiera que vayan a hacer este año en la arena, por supuesto, nadie lo sabe. Un hombre, que aparenta unos treinta años, comienza a hablar explicándonos algunas reglas y consejos que nos vendrán bien.
-Nada de peleas, ya podréis mataros en la arena. Nada de llevarse las armas, obviamente deben quedarse en el gimnasio. Comeréis aquí a mediodía, la cena y el desayuno serán en vuestras plantas. Todos estáis deseando echar el guante a las armas, pero la mayoría moriréis por causas naturales: infección, deshidratación, congelación... hambre... - continúa hablando, pero yo no escucho, estoy ocupada fijándome en los profesionales, lo único que quieren es demostrar su poderío, tal y como los perros marcan su territorio.
Marcus, que así se llama, termina de hablar y nos da pista libre para poder empezar. Me pregunto si debería ocultar mis habilidades ante los demás, pero sería una completa estupidez, pues al venir del distrito 7 siempre vamos a lo mismo, las hachas y la escalada. Y mi pequeño amigo, opta por esta última y se dirige a un gran árbol que han situado en lo que parece un simulador de un bosque. Sube sin mucho esfuerzo, se le da bien, bastante bien en realidad. Le sonrío leve y voy a las hachas, las examino curiosa, son ligeras y fáciles de manejar, su mango es suave, aunque metálico y frío, no como las de casa, que se adaptan a nuestra palma en seguida. La hoja es fina y afilada. Respiro hondo y fijo la atención en un maniquí. Concentro mi mirada y la fuerza de mi brazo. Estoy a punto de lanzar.
-¡Cuidado, 7! - grita el chico del 2 detrás de mí, lo que me distrae y me hace fallar el objetivo y quedarme a un metro de darle, éste y los demás profesionales se ríen. - Ten cuidado, no vayas a acertar.
Resoplo resignada y cojo una segunda hacha, con tal furia, que la lanzo al muñeco en el que el chico que me ha molestado, iba a practicar con los cuchillos, la fuerza hace que el maniquí se mueva y su cuchillo falle. Me mira con rabia, sé que estoy en su lista, pero le dedico una sonrisa y sigo a lo mío.
Esto es genial, quería ganar los juegos y ya estoy la primera en la gente que deshacerse, muy bien, Skiley. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, no me arrepiento de nada en realidad, porque aunque me ponga en peligro, aunque vaya a morir después, no puedo evitar odiar a aquellas personas que mataron a mi hermano.
Me levanto de un salto y dejo todo como está para ir al baño y lavarme la cara. El agua fría me despeja. Cambio mi ropa por la que supuestamente llevarán todos los tributos en el entrenamiento. Me fijo bien, es elástica y firme. Se ciñe al cuerpo de forma cómoda, permitiéndo la máxima movilidad. En cuanto al tono, es gris oscuro, con unas líneas azules en las zonas curvadas de mi cuerpo. Suspiro y me calzo. Luego me hago una coleta alta y salgo. Me sorprende ver a Joulley zampando un trozo de bizcocho más grande que su cabeza. Me percato de sus ojeras y su estado tan apagado. Sé que tiene miedo, mucho miedo.
-Buenos días, Skiley. - saluda educado.
-Buenos días. - le contesto mientras me siento en frente de él. Luego miro los alimentos y escojo una magdalena que mojar en mi chocolate caliente. Esta bebida me calma, su sabor es embriagador y produce bienestar. -¿Qué hora es? - pregunto antes de llevarme un trozo a la boca.
-Creo que las seis y media.
Abro los ojos, pues sí que es pronto. Además, no bajaremos hasta las diez, lo que nos deja demasiado tiempo libre que no sé como rellenar para distraerme.
-¿De qué color es hoy tu ropa interior, Sky? - sonríe Dan, haciendo su aparición en escena. Suelto un bufido, al parecer lo de ayer fue un momento de debilidad, pero sigue siendo el mismo de siempre. Y creo que nunca cambiará. -Mmm... Magdalenas. - dice cogiendo la que tengo en la mano.
-¡Eh! - me quejo. - Coge del plato, idiota.
-Hey, hey, tranquila, no te desesperes, o te saldrán arrugas. - muestra una sonrisa autosuficiente.
Suelto un suspiro y cojo un panecillo mientras me levanto. Camino hacia mi habitación mientras oigo como Dan suelta un silbido de ligoteo.
-Imbécil. - digo para mí misma mientras me meto en el cuarto y enciendo el televisor.
Caesar habla con Claudius sobre cada uno de los tributos, intentando dar algunos detalles de sus vidas personales, eso es algo que interesa mucho a la gente del Capitolio, saberlo todo sobre las vidas de los demás. Me pone enferma. Puedo observar a la chica del distrito uno, creo que en cierto modo ya la odio, pues ese mismo puesto ocupaba la asesina de Evelynn. Dicen de ella que es bastante popular y que si gana, se dedicará a posar para todos esos cuentos raros de las revistas capitoilenses, las posibilidades giran bastante a su favor. El chico de su mismo distrito, parece una maquina de matar, lo que me intimida bastante. Lo mismo puedo decir del distrito dos y del cuatro, todos ellos van con su seguridad por las nubes, al igual que su ego, no los soporto. El resto está tan asustado como yo, lo sé por cómo caminaban en las cosechas hacia el escenario, por cómo sus ojos brillaban de agonía al no confiar en sus posibilidades de volver a casa. Sobre Joulley dicen que no hay que juzgarle por su apariencia, que tiene tantas posibilidades como los demás, aunque a mí, personal y egoístamente, no me lo parece. Le aprecio, quiero que regrese si no lo hago yo, pero no creo que lo consiga, ni aunque nos aliásemos, no podría protegerle eternamente, tarde o temprano, uno, o los dos, moriríamos. Luego hablan de mí, de ''Sky'' , por ese nombre ridículo.
-Yo pienso que esta chica está entre los favoritos, Caesar. - comienza a decir Claudius con su grave voz. - Hemos de recordarle a la audiencia que su hermano Gaby llegó a la fina en los decimonovenos juegos. - recuerda mientras siento una punzada en el pecho.
Y entonces ponen unas imágenes, unas imágenes que hace años que no las veo. Un corto vídeo, treinta segundos para que son suficientes para que me eche a llorar. La muerte de mi hermano.
''Gaby se encoge en su rama sin apenas hacer ruido, o esperando no hacerlo, ya que corre más peligro que nunca, bueno, también están todos esos momentos con mi padre, pero aquí no sería igual. Aquí no podrían castigar a los profesionales por matarle, ya que de eso tratan los juegos. Pero, sin embargo, a pesar del miedo que recorre mi cuerpo y el suyo, los cinco chicos, cuatro profesionales y el chico del 5 al que parece que han permitido entrar en la alianza, pasan sin percatarse de su presencia. Mi hermano está a punto de salir por patas en cuanto se alejan un poco, pero algo le detiene, la chica del 5 se avalanza sobre él nada más tocar el suelo, impidiéndole coger nada ni poder defenderse, suelto un chillido y me llevo las manos a la cara, no quiero ver nada más. Pero... cuán equivocada estoy, cuando la menudita chica, le propone a mi hermano una alianza.''
La agonía ha pasado, el reloj ya da las diez y el ascensor baja tan rápido que creo que noto tambaleo, pero no del propio ascensor, sino yo, que me estoy empezando a marear. Joulley se muerde las uñas mientras las puertas se abren, y le ordeno que deje de hacerlo, que no debe parecer asustado. Me hace caso y nos metemos en el gran gimnasio. Dan no exageraba al decir que habría de todo aquí, porque lo hay. Cuchillos, lanzas, arcos... hachas. Hay hasta algún simulador de distintos paisajes, cómo del mar, para aprender a adaptarse a lo que quiera que vayan a hacer este año en la arena, por supuesto, nadie lo sabe. Un hombre, que aparenta unos treinta años, comienza a hablar explicándonos algunas reglas y consejos que nos vendrán bien.
-Nada de peleas, ya podréis mataros en la arena. Nada de llevarse las armas, obviamente deben quedarse en el gimnasio. Comeréis aquí a mediodía, la cena y el desayuno serán en vuestras plantas. Todos estáis deseando echar el guante a las armas, pero la mayoría moriréis por causas naturales: infección, deshidratación, congelación... hambre... - continúa hablando, pero yo no escucho, estoy ocupada fijándome en los profesionales, lo único que quieren es demostrar su poderío, tal y como los perros marcan su territorio.
Marcus, que así se llama, termina de hablar y nos da pista libre para poder empezar. Me pregunto si debería ocultar mis habilidades ante los demás, pero sería una completa estupidez, pues al venir del distrito 7 siempre vamos a lo mismo, las hachas y la escalada. Y mi pequeño amigo, opta por esta última y se dirige a un gran árbol que han situado en lo que parece un simulador de un bosque. Sube sin mucho esfuerzo, se le da bien, bastante bien en realidad. Le sonrío leve y voy a las hachas, las examino curiosa, son ligeras y fáciles de manejar, su mango es suave, aunque metálico y frío, no como las de casa, que se adaptan a nuestra palma en seguida. La hoja es fina y afilada. Respiro hondo y fijo la atención en un maniquí. Concentro mi mirada y la fuerza de mi brazo. Estoy a punto de lanzar.
-¡Cuidado, 7! - grita el chico del 2 detrás de mí, lo que me distrae y me hace fallar el objetivo y quedarme a un metro de darle, éste y los demás profesionales se ríen. - Ten cuidado, no vayas a acertar.
Resoplo resignada y cojo una segunda hacha, con tal furia, que la lanzo al muñeco en el que el chico que me ha molestado, iba a practicar con los cuchillos, la fuerza hace que el maniquí se mueva y su cuchillo falle. Me mira con rabia, sé que estoy en su lista, pero le dedico una sonrisa y sigo a lo mío.
Esto es genial, quería ganar los juegos y ya estoy la primera en la gente que deshacerse, muy bien, Skiley. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, no me arrepiento de nada en realidad, porque aunque me ponga en peligro, aunque vaya a morir después, no puedo evitar odiar a aquellas personas que mataron a mi hermano.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Capítulo 8.
Si el tren era increíble y brillante, esto lo es aún más. Me entran escalofríos con solo ver el lugar en el que estamos. Todo tan grande y espacioso que me marea. A un lado, una mesa enorme con toda clase de comida, que me hace la boca agua inmediatamente, al otro un enorme sillón blanco frente a un televisor pegado a la pared de forma compacta. Al fondo hay varias puertas que supongo que irán a nuestras habitaciones.
-Ahora poneos cómodos para la cena, que será en media hora. - nos dice Rossie, aunque suena más como una orden.
Caminamos lentamente atravesando la sala, nuestros pies hacen eco entre las paredes, pues la distancia es mucha. Abro la puerta que me indican que será mi cuarto. Y me adentro. Una gran cama blanda se sitúa en medio de la estancia, a su derecha hay un ventanal, a sus pies otro televisor. También me fijo en el baño abaldosado y azulado al que se llega por una pequeña puerta que hay a la izquierda. Suspiro y me quito la armadura, luego el traje. Abro el gran vestidor, completamente a rebosar de todo tipo de ropas. Suelto un bufido, todo es tan diferente... tan complicado. Hace unos días, vivía con cuatro prendas en un pobrucho orfanato. Hoy estoy en un capitolio en el que aprietas un botón y, como por arte de magia, aparece lo que desees. Me decanto por un camisón, ligero y fresco, claro que también cojo una bata, que me pondré por encima. Hoy pienso acostarme pronto e intentaré olvidarme de todo por unas horas. Entro en el cuarto de baño y dejo la ropa sobre la taza del váter. Es entonces cuando oigo los golpes y los gritos entre carcajadas de Dan.
Dos golpes a la pared.
-¡¿Cómo es la ropa interior del Capitolio?! - pregunta entre carcajadas. También oigo una risa cantarina, Joulley se ríe con él.
Ignoro sus bromas y me meto en la ducha. Esta tiene tantos botones que no sé ni como encenderla, pruebo uno que me lanza un chorro de champú totalmente frío a la frente.
-Agh. - me limpio con la mano y pruebo otro, que empieza a soltar agua, también congelada, desde arriba. Suelto un pequeño gritito, que hace que mentor y compañero vuelvan a reírse. <<A la tercera va la vencida.>> pienso suspirando. Doy a otro botón y el agua pasa a ser un poco más cálida. No me gusta, pero no es del todo incómodo, por lo que termino adaptándome a esta temperatura, que me recuerda a las lluvias de primavera de casa.
Cuando salgo, me envuelvo en una toalla y pido algo de comida, un bol repleto de patatas fritas, en el orfanato no se pueden permitir estas comidas. En un par de minutos, la mujer florecida llama a la puerta.
-¡Voy! - digo masticando.
-¡No se habla con la boca llena! ¡Esos modales! - me gruñe disgustada. Esbozo una sonrisa mezquina, me gusta que esta mujer se enfade, es algo bastante divertido de ver. Me pongo la ropa rápido y me ato bien la bata. Salgo descalza. La acompañante vuelve a alterarse. Cree que esta no es forma de vestir para la cena con el equipo y todos nosotros. La miro desafiantes mientras pienso: <<¿No quieren que nos sintamos en casa? ¡Pues ya está!>> Pongo los pies encima de la mesa mientras un avox rubio me sirve la sopa de zanahoria. A Rossie sólo la falta ponerse a llorar.
Tras mucho insistirme, los bajo y empiezo a comer. Está buenísima, no había probado nada igual, excluyendo el chocolate del tren. Decido repetir un segundo plato y lo saboreo hasta el final. De segundo, hay chuletas de ternera. En un momento de la cena nos ofrecen vino, lo rechazo inmediatamente, pidiendo que alejen eso de mí. Pero el olor del alcohol ha entrado rápido en mis pulmones.
-Enseguida... vuelvo... - digo ocultando mis intenciones. Corro a la habitación, y seguidamente al baño. Levanto la taza del váter y vomito. Un par de lágrimas se escapan por el esfuerzo de mi garganta.
-Yo también estoy un poco revuelto. - admite una voz detrás de mí. El niño me mira mientras sus rizos se agitan al acercarse un poco más. Me limpio la boca con un trozo de papel y tiro de la cadena.
-¿Qué quieres? - quizá haya sonado un poco borde.
-Te he visto mal, si puedo ayudarte... - niego con la cabeza en seguida y me acaricio el contorno de las ojeras con el dedo índice, que se lleva las lágrimas por medio.
-Estoy bien. - miento y me lavo los dientes con una pasta que pica a horrores. -Diles a los demás que disfruten de la cena. Yo voy a dormir.
-¿Tan pronto?
-Tan pronto. - asiento y salgo junto a él del baño. Él camina a la puerta y me mira una vez más, parece que está a punto de decir algo, pero se marcha soltando un suspiro y cerrando la puerta tras de sí.
Una hora.
El equipo se ríe y charla tras terminar la cena.
Dos horas.
Acaban de repetir el desfile en la televisión. Yo no quiero verlo.
Tres horas.
Todo se apaga, se van a dormir y yo sigo con los ojos abiertos.
Cuatro.
¡Es imposible! ¡No puedo pegar ojo! El miedo a que mi alcohólico y difunto padre aparezca de nuevo en mis sueños me lo impide. Doy vueltas en la cama, intentando encontrar una postura cómoda, pero no sirve de nada. Al final, resignada, me pongo en pie y salgo de la habitación. En el gran salón no hay nadie, por lo que me acerco al balcón desde el que se ve toda la ciudad. No veía cuán equivocada estaba al verle allí. Soltando nubes de vaho al ambiente frío de la madrugada. Estoy a punto de irme, pero gira la cabeza hacia mí y esboza una sonrisa de lado. Suspiro y me asomo al lado de él, pero sin tocarle. Unos minutos de silencio. Hasta que me canso.
-¿No vas a decir nada de mi ropa interior? - pregunto en tono hosco.
-¿Debería?
-No.
Vale, está muy raro, incluso para él.
-¿Qué te pasa? - termino por decir, sin poder creer que me haya interesado un mínimo en sus sentimientos.
-Es sólo... que no puedo dormir.
-Yo tampoco. - admito. -Tengo miedo.
-Yo lo tenía, Sky.
-No me llamo Sky.
-Lo sé. - sonríe travieso.
-No debería ni haberte preguntado. - bufo y comienzo a marcharme, pero él me coge del brazo y me pone donde estaba.
-Me pasa que hace tres años yo estaba aquí, con tan sólo trece, en esta misma noche, temiendo a todo lo que me rodeaba. No creía en mí. No veía posibilidades de volver en ningún lado. Estaba tan asustado... Lo peor vino en los entrenamientos. Yo aún no había pasado por los bosques, pues faltaban meses para que empezase, y lo único que sabía hacer era distinguir maderas, algo que te resultaría útil si los juegos tratasen sobre crear incendios. - sonríe irónico, pues ambos sabemos cómo ganó los juegos. - Y bueno, lo empleé para intentar vencer, y parece que me fue bien. Moraleja de esta parte: Cree en ti. Aunque cuando volví a casa, me encontré lo que pasa cuando no juegas con sus reglas... Los encontré...
-No hace falta que lo digas.
Él asiente serio.
-Moraleja de esta otra parte: Ellos llevan el control.
-Lo sé. - contesto.
-Bueno, Skiley, creo que voy a intentar dormir algo, deberías hacer lo mismo. - arqueo las cejas, y es que me ha llamado Skiley. Se va con sus andares hacia su habitación. Tras unos segundos, le imito. Y me meto en la cama.
Esa noche, mis sueños son atrapados por incendios y padres muertos.
-Ahora poneos cómodos para la cena, que será en media hora. - nos dice Rossie, aunque suena más como una orden.
Caminamos lentamente atravesando la sala, nuestros pies hacen eco entre las paredes, pues la distancia es mucha. Abro la puerta que me indican que será mi cuarto. Y me adentro. Una gran cama blanda se sitúa en medio de la estancia, a su derecha hay un ventanal, a sus pies otro televisor. También me fijo en el baño abaldosado y azulado al que se llega por una pequeña puerta que hay a la izquierda. Suspiro y me quito la armadura, luego el traje. Abro el gran vestidor, completamente a rebosar de todo tipo de ropas. Suelto un bufido, todo es tan diferente... tan complicado. Hace unos días, vivía con cuatro prendas en un pobrucho orfanato. Hoy estoy en un capitolio en el que aprietas un botón y, como por arte de magia, aparece lo que desees. Me decanto por un camisón, ligero y fresco, claro que también cojo una bata, que me pondré por encima. Hoy pienso acostarme pronto e intentaré olvidarme de todo por unas horas. Entro en el cuarto de baño y dejo la ropa sobre la taza del váter. Es entonces cuando oigo los golpes y los gritos entre carcajadas de Dan.
Dos golpes a la pared.
-¡¿Cómo es la ropa interior del Capitolio?! - pregunta entre carcajadas. También oigo una risa cantarina, Joulley se ríe con él.
Ignoro sus bromas y me meto en la ducha. Esta tiene tantos botones que no sé ni como encenderla, pruebo uno que me lanza un chorro de champú totalmente frío a la frente.
-Agh. - me limpio con la mano y pruebo otro, que empieza a soltar agua, también congelada, desde arriba. Suelto un pequeño gritito, que hace que mentor y compañero vuelvan a reírse. <<A la tercera va la vencida.>> pienso suspirando. Doy a otro botón y el agua pasa a ser un poco más cálida. No me gusta, pero no es del todo incómodo, por lo que termino adaptándome a esta temperatura, que me recuerda a las lluvias de primavera de casa.
Cuando salgo, me envuelvo en una toalla y pido algo de comida, un bol repleto de patatas fritas, en el orfanato no se pueden permitir estas comidas. En un par de minutos, la mujer florecida llama a la puerta.
-¡Voy! - digo masticando.
-¡No se habla con la boca llena! ¡Esos modales! - me gruñe disgustada. Esbozo una sonrisa mezquina, me gusta que esta mujer se enfade, es algo bastante divertido de ver. Me pongo la ropa rápido y me ato bien la bata. Salgo descalza. La acompañante vuelve a alterarse. Cree que esta no es forma de vestir para la cena con el equipo y todos nosotros. La miro desafiantes mientras pienso: <<¿No quieren que nos sintamos en casa? ¡Pues ya está!>> Pongo los pies encima de la mesa mientras un avox rubio me sirve la sopa de zanahoria. A Rossie sólo la falta ponerse a llorar.
Tras mucho insistirme, los bajo y empiezo a comer. Está buenísima, no había probado nada igual, excluyendo el chocolate del tren. Decido repetir un segundo plato y lo saboreo hasta el final. De segundo, hay chuletas de ternera. En un momento de la cena nos ofrecen vino, lo rechazo inmediatamente, pidiendo que alejen eso de mí. Pero el olor del alcohol ha entrado rápido en mis pulmones.
-Enseguida... vuelvo... - digo ocultando mis intenciones. Corro a la habitación, y seguidamente al baño. Levanto la taza del váter y vomito. Un par de lágrimas se escapan por el esfuerzo de mi garganta.
-Yo también estoy un poco revuelto. - admite una voz detrás de mí. El niño me mira mientras sus rizos se agitan al acercarse un poco más. Me limpio la boca con un trozo de papel y tiro de la cadena.
-¿Qué quieres? - quizá haya sonado un poco borde.
-Te he visto mal, si puedo ayudarte... - niego con la cabeza en seguida y me acaricio el contorno de las ojeras con el dedo índice, que se lleva las lágrimas por medio.
-Estoy bien. - miento y me lavo los dientes con una pasta que pica a horrores. -Diles a los demás que disfruten de la cena. Yo voy a dormir.
-¿Tan pronto?
-Tan pronto. - asiento y salgo junto a él del baño. Él camina a la puerta y me mira una vez más, parece que está a punto de decir algo, pero se marcha soltando un suspiro y cerrando la puerta tras de sí.
Una hora.
El equipo se ríe y charla tras terminar la cena.
Dos horas.
Acaban de repetir el desfile en la televisión. Yo no quiero verlo.
Tres horas.
Todo se apaga, se van a dormir y yo sigo con los ojos abiertos.
Cuatro.
¡Es imposible! ¡No puedo pegar ojo! El miedo a que mi alcohólico y difunto padre aparezca de nuevo en mis sueños me lo impide. Doy vueltas en la cama, intentando encontrar una postura cómoda, pero no sirve de nada. Al final, resignada, me pongo en pie y salgo de la habitación. En el gran salón no hay nadie, por lo que me acerco al balcón desde el que se ve toda la ciudad. No veía cuán equivocada estaba al verle allí. Soltando nubes de vaho al ambiente frío de la madrugada. Estoy a punto de irme, pero gira la cabeza hacia mí y esboza una sonrisa de lado. Suspiro y me asomo al lado de él, pero sin tocarle. Unos minutos de silencio. Hasta que me canso.
-¿No vas a decir nada de mi ropa interior? - pregunto en tono hosco.
-¿Debería?
-No.
Vale, está muy raro, incluso para él.
-¿Qué te pasa? - termino por decir, sin poder creer que me haya interesado un mínimo en sus sentimientos.
-Es sólo... que no puedo dormir.
-Yo tampoco. - admito. -Tengo miedo.
-Yo lo tenía, Sky.
-No me llamo Sky.
-Lo sé. - sonríe travieso.
-No debería ni haberte preguntado. - bufo y comienzo a marcharme, pero él me coge del brazo y me pone donde estaba.
-Me pasa que hace tres años yo estaba aquí, con tan sólo trece, en esta misma noche, temiendo a todo lo que me rodeaba. No creía en mí. No veía posibilidades de volver en ningún lado. Estaba tan asustado... Lo peor vino en los entrenamientos. Yo aún no había pasado por los bosques, pues faltaban meses para que empezase, y lo único que sabía hacer era distinguir maderas, algo que te resultaría útil si los juegos tratasen sobre crear incendios. - sonríe irónico, pues ambos sabemos cómo ganó los juegos. - Y bueno, lo empleé para intentar vencer, y parece que me fue bien. Moraleja de esta parte: Cree en ti. Aunque cuando volví a casa, me encontré lo que pasa cuando no juegas con sus reglas... Los encontré...
-No hace falta que lo digas.
Él asiente serio.
-Moraleja de esta otra parte: Ellos llevan el control.
-Lo sé. - contesto.
-Bueno, Skiley, creo que voy a intentar dormir algo, deberías hacer lo mismo. - arqueo las cejas, y es que me ha llamado Skiley. Se va con sus andares hacia su habitación. Tras unos segundos, le imito. Y me meto en la cama.
Esa noche, mis sueños son atrapados por incendios y padres muertos.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Capítulo 7.
-¿Cómo te hiciste esto, querida? -me pregunta Verdiana, señalando la cicatriz de mi ceja izquierda.
-¡Hay que quitarselo como sea! - exclama Caltazor. - ¡Tiene que estar perfecta para esta noche!
Su comentario, por alguna extraña razón, me mosquea.
-Me lo hizo mi padre. - respondo seca, en tono borde. Los tres sueltan un jadeo, cómo se nota que ellos no han tenido ninguna dificultad en su vida.
Faltan tres horas exactamente para el desfile, y ellos siguen reteniéndome en la misma brillante y blanca habitación. Sólo me han permitido salir para comer, con una mascarilla verde en la cara que ha echo que Dan se mofase de mí. Tivara trabaja mis uñas mientras que el hombre azul me aplica un espeso potingue en la frente, que huele tan fuerte como escuece, la deja un buen rato sobre el feo recuerdo de ese día en casa y cuando lo quita, mi piel está suave y sin rastro de este.
Esto no me gusta.Ni esto ni nada de este lugar. En realidad, solo Zafira. Desde que he llegado, lo único que he podido hacer es arrugar la nariz y notar como mi cuerpo se irritaba con cada sustancia que me aplicaban.
Al rato, es mi estilista la que entra con algo cubierto por una tela negra.
-¿Preparada? - me pregunta, yo asiento no muy convencida, ella quita la tela y deja a descubierto mi traje.
Mis ojos se abren como platos al ver la maravilla que Zafira ha diseñado para mí. No es un vestido. Tampoco un traje. Es mucho más fuerte y rigido que cualquier tela. Es una armadura de madera. Parece ser de arce, aunque está modificada de tal forma que se adapta a mi cuerpo con facilidad y me permite moverme cómodamente. Me ayuda a ponérmela y me hace ponerme frente al espejo mientras cepilla mi pelo castaño. Me fijo mejor en lo que llevo puesto.
La armadura es una sencilla coraza que se cierne a mi pecho y cintura y llega corta un poco por debajo de mis muslos, pero sin tocar la rodilla. Para no dejar mis piernas al descubierto, por debajo llego un traje negro completo, tanto mis piernas como mis brazos quedan cubiertos bajo la madera.
-Pero, no olvides de dónde vienes, Sky.
-Skiley, por favor. - la corrijo con amabilidad. Odio ese apodo. Significa cielo, y que Dan me llame cielo... es repugnante. Recordarle me provoca un escalofrío, pues me pregunto que bromita me gastará una vez nos veamos en el desfile, ya sea al subir, o al bajar del carruaje. Ella sigue hablando.
-Skiley. - repite con una sonrisa amable en sus labios. Sus manos sujetan una corona de una planta aromática llamada laurel, no son muy comunes, pues nadie le da importancia a que la comida sepa bien, sólo a que se pueda comer para no morir de hambre. -¿Sabes la historia del laurel? O, bueno, ¿lo que significa? - niego con la cabeza. Ella prosigue. - Se dice que antes de Panem, bueno, de Panem y de lo que había antes de nuestro país. Millones de años. Un lugar de más allá de los mares, en Europa, un lugar llamado roma, estaba lleno de guerreros dispuestos a dar su vida luchando unos contra otros para ganarse el respeto de su emperador. El vencedor recibía una corona como esta. Por lo que llevas la victoria en la cabeza literalmente, pequeña. - me sonríe. Yo la devuelvo la sonrisa, pero no me convence. Pues si no gano, hecho bastante probable, quedaré como una estúpida muerta que no sabía lo que decía.
Pasa un rato y deja el cepillo donde estaba.
-Vas a triunfar.
-Lo dudo.
-Tienes que creer en ti, Skiley. Nada ni nadie podrá romperte esta noche. - romper, no podía haber dicho otra palabra para derrumbarme no. Sino el verbo romper, conjugado con Gaby, que a su vez es sinónimo de hace unos años...
''-Tranquila, pequeña, no dejaré que te rompan. - dijo él acariciando mi cabello mientras yo me tapaba los oídos y lloraba con todas mis fuerzas.
-¡No quiero oír más! - sollocé, pero comparado con los gritos de mi padre hacia el vendedor de alcohol, se quedó en un simple susurro.
<<¿Cómo que no hay más?>> gritaba; <<¿Qué coño ha pasado con el maldito alcohol?>> gritaba. El pobre vendedor se limitaba a explicar lo poco que sabía, que los agentes de la paz estaban vigilantes de que no se cometieran inprudencias como esa y él no podía recibir cargamento hasta que se bajara la guardia un poco.
-Skiley. - dijo mi hermano.
Agité la cabeza.
-Skiley. repitió. -Mirame. - giré mi cabeza hasta cruzar con su mirada. -No te pasará nada, estoy aquí contigo. Aunque no estuvo tanto tiempo como me hubiese gustado.''
Respiro hondo mientras caminamos a la entrada del centro de preparación, allí están preparados los carruajes y algunos tributos. Me fijo en ellos con miedo, algo que no dejo mostrar, pensando el que cualquiera de ellos podría atraparme y matarme en unos segundos.
El distrito uno se sube a su carruaje, que se ponen en seguida en marcha. Me fijo en la chica, de rostro angelical y envidiable, yo parezco un soldado como el de la narración de Zafira. Ese distrito es responsable de fabricar articulos de lujo para el capitolio, supongo que por eso están cubiertos de purpurina dorada y ella lleva una tiara de diamantes mientras que él, un cinturón del mismo material. Distrito dos. Responsable de fabricar armas y alguna que otra maquinaria. Me dan escalofríos al ver como visten de auténticos guerreros con algo que solo pueden ser pistolas enormes colgadas de sus hombros, ¿serán de verdad?
El distrito tres está asustado, pues veo que no saludan ni se relacionan como el público como los dos primeros. El cuatro también se encuentra en este rango extrovertido. Claro que sí, porque son los profesionales, los niños mimados del capitolio que ganan todos los años.
Cinco y seis. Ambos callados, ambos sin saber que hacer. Como yo. Pues nuestro carruaje se pone en marcha y tengo miedo de caer. Por primera vez me fijo en el pequeño Joulley mientras los gritos de la gente llenan mis oídos. Su traje es fino y ligero, una gran hoja verde se ciñe a su bajito cuerpo. A él no le quieren ni pueden dar la fiereza, por lo que realzan su punto fuerte, su adorabilidad. Eso quizá le consiga patrocinadores, pero no le sirve de nada cara a cara con los tributos. Sin embargo, por el momento, si no gano yo, quiero que lo haga él. Aparto la mirada y veo al público, que grita mi... ¡NO! ¡NO! ¡Gritan Sky y no Skiley! Y creo que ya sé quien les ha metido ese estúpido apodo en la cabeza. Miro mis pies tratando de ignorarles. Ese no es mi nombre.
Si la calle grande y recta estaba llena de gente, el círculo de la ciudad está aún más lleno. Estamos frente a la mansión del presidente Snow. Levanto la mirada para observarle bien. Para hacerme una buena imagen mental y poder asesinarle a gusto en mi cabeza. Desde luego, espero que algún día, lo haga alguien realmente. Sus palabras suenan por la ciudad, yo las oigo, pero no las escucho. No sé cuanto tiempo estoy evitándole. Pero el carro vuelve a moverse y casi me caigo, pues no me lo esperaba.
Entramos y Dan viene directo.
-Una actuación genial, Sky. Parecías tan madura ahí arriba...- comenta juguetón.
-Vete a la mierda.
-Oh, yo también te quiero. - sonríe con descaro y yo me lleno de rabia. - Buen trabajo, chaval. - dice a Joulley, con el que choca los cinco.
Caminamos por el edificio mientras mentor y tributo masculino ríen y yo me quedo atrás. Completamente seria. Nos adentramos en el ascensor, en el que la estilista de Joulley, una mujer de uñas largas y peliagudas pulsa el número siete, no sé como lo hace, pues con esas uñas... Las puertas se abren y entramos en el que será nuestro hogar hasta que nos encierren en un estadio para que nos matemos.
-¡Hay que quitarselo como sea! - exclama Caltazor. - ¡Tiene que estar perfecta para esta noche!
Su comentario, por alguna extraña razón, me mosquea.
-Me lo hizo mi padre. - respondo seca, en tono borde. Los tres sueltan un jadeo, cómo se nota que ellos no han tenido ninguna dificultad en su vida.
Faltan tres horas exactamente para el desfile, y ellos siguen reteniéndome en la misma brillante y blanca habitación. Sólo me han permitido salir para comer, con una mascarilla verde en la cara que ha echo que Dan se mofase de mí. Tivara trabaja mis uñas mientras que el hombre azul me aplica un espeso potingue en la frente, que huele tan fuerte como escuece, la deja un buen rato sobre el feo recuerdo de ese día en casa y cuando lo quita, mi piel está suave y sin rastro de este.
Esto no me gusta.Ni esto ni nada de este lugar. En realidad, solo Zafira. Desde que he llegado, lo único que he podido hacer es arrugar la nariz y notar como mi cuerpo se irritaba con cada sustancia que me aplicaban.
Al rato, es mi estilista la que entra con algo cubierto por una tela negra.
-¿Preparada? - me pregunta, yo asiento no muy convencida, ella quita la tela y deja a descubierto mi traje.
Mis ojos se abren como platos al ver la maravilla que Zafira ha diseñado para mí. No es un vestido. Tampoco un traje. Es mucho más fuerte y rigido que cualquier tela. Es una armadura de madera. Parece ser de arce, aunque está modificada de tal forma que se adapta a mi cuerpo con facilidad y me permite moverme cómodamente. Me ayuda a ponérmela y me hace ponerme frente al espejo mientras cepilla mi pelo castaño. Me fijo mejor en lo que llevo puesto.
La armadura es una sencilla coraza que se cierne a mi pecho y cintura y llega corta un poco por debajo de mis muslos, pero sin tocar la rodilla. Para no dejar mis piernas al descubierto, por debajo llego un traje negro completo, tanto mis piernas como mis brazos quedan cubiertos bajo la madera.
-Pero, no olvides de dónde vienes, Sky.
-Skiley, por favor. - la corrijo con amabilidad. Odio ese apodo. Significa cielo, y que Dan me llame cielo... es repugnante. Recordarle me provoca un escalofrío, pues me pregunto que bromita me gastará una vez nos veamos en el desfile, ya sea al subir, o al bajar del carruaje. Ella sigue hablando.
-Skiley. - repite con una sonrisa amable en sus labios. Sus manos sujetan una corona de una planta aromática llamada laurel, no son muy comunes, pues nadie le da importancia a que la comida sepa bien, sólo a que se pueda comer para no morir de hambre. -¿Sabes la historia del laurel? O, bueno, ¿lo que significa? - niego con la cabeza. Ella prosigue. - Se dice que antes de Panem, bueno, de Panem y de lo que había antes de nuestro país. Millones de años. Un lugar de más allá de los mares, en Europa, un lugar llamado roma, estaba lleno de guerreros dispuestos a dar su vida luchando unos contra otros para ganarse el respeto de su emperador. El vencedor recibía una corona como esta. Por lo que llevas la victoria en la cabeza literalmente, pequeña. - me sonríe. Yo la devuelvo la sonrisa, pero no me convence. Pues si no gano, hecho bastante probable, quedaré como una estúpida muerta que no sabía lo que decía.
Pasa un rato y deja el cepillo donde estaba.
-Vas a triunfar.
-Lo dudo.
-Tienes que creer en ti, Skiley. Nada ni nadie podrá romperte esta noche. - romper, no podía haber dicho otra palabra para derrumbarme no. Sino el verbo romper, conjugado con Gaby, que a su vez es sinónimo de hace unos años...
''-Tranquila, pequeña, no dejaré que te rompan. - dijo él acariciando mi cabello mientras yo me tapaba los oídos y lloraba con todas mis fuerzas.
-¡No quiero oír más! - sollocé, pero comparado con los gritos de mi padre hacia el vendedor de alcohol, se quedó en un simple susurro.
<<¿Cómo que no hay más?>> gritaba; <<¿Qué coño ha pasado con el maldito alcohol?>> gritaba. El pobre vendedor se limitaba a explicar lo poco que sabía, que los agentes de la paz estaban vigilantes de que no se cometieran inprudencias como esa y él no podía recibir cargamento hasta que se bajara la guardia un poco.
-Skiley. - dijo mi hermano.
Agité la cabeza.
-Skiley. repitió. -Mirame. - giré mi cabeza hasta cruzar con su mirada. -No te pasará nada, estoy aquí contigo. Aunque no estuvo tanto tiempo como me hubiese gustado.''
Respiro hondo mientras caminamos a la entrada del centro de preparación, allí están preparados los carruajes y algunos tributos. Me fijo en ellos con miedo, algo que no dejo mostrar, pensando el que cualquiera de ellos podría atraparme y matarme en unos segundos.
El distrito uno se sube a su carruaje, que se ponen en seguida en marcha. Me fijo en la chica, de rostro angelical y envidiable, yo parezco un soldado como el de la narración de Zafira. Ese distrito es responsable de fabricar articulos de lujo para el capitolio, supongo que por eso están cubiertos de purpurina dorada y ella lleva una tiara de diamantes mientras que él, un cinturón del mismo material. Distrito dos. Responsable de fabricar armas y alguna que otra maquinaria. Me dan escalofríos al ver como visten de auténticos guerreros con algo que solo pueden ser pistolas enormes colgadas de sus hombros, ¿serán de verdad?
El distrito tres está asustado, pues veo que no saludan ni se relacionan como el público como los dos primeros. El cuatro también se encuentra en este rango extrovertido. Claro que sí, porque son los profesionales, los niños mimados del capitolio que ganan todos los años.
Cinco y seis. Ambos callados, ambos sin saber que hacer. Como yo. Pues nuestro carruaje se pone en marcha y tengo miedo de caer. Por primera vez me fijo en el pequeño Joulley mientras los gritos de la gente llenan mis oídos. Su traje es fino y ligero, una gran hoja verde se ciñe a su bajito cuerpo. A él no le quieren ni pueden dar la fiereza, por lo que realzan su punto fuerte, su adorabilidad. Eso quizá le consiga patrocinadores, pero no le sirve de nada cara a cara con los tributos. Sin embargo, por el momento, si no gano yo, quiero que lo haga él. Aparto la mirada y veo al público, que grita mi... ¡NO! ¡NO! ¡Gritan Sky y no Skiley! Y creo que ya sé quien les ha metido ese estúpido apodo en la cabeza. Miro mis pies tratando de ignorarles. Ese no es mi nombre.
Si la calle grande y recta estaba llena de gente, el círculo de la ciudad está aún más lleno. Estamos frente a la mansión del presidente Snow. Levanto la mirada para observarle bien. Para hacerme una buena imagen mental y poder asesinarle a gusto en mi cabeza. Desde luego, espero que algún día, lo haga alguien realmente. Sus palabras suenan por la ciudad, yo las oigo, pero no las escucho. No sé cuanto tiempo estoy evitándole. Pero el carro vuelve a moverse y casi me caigo, pues no me lo esperaba.
Entramos y Dan viene directo.
-Una actuación genial, Sky. Parecías tan madura ahí arriba...- comenta juguetón.
-Vete a la mierda.
-Oh, yo también te quiero. - sonríe con descaro y yo me lleno de rabia. - Buen trabajo, chaval. - dice a Joulley, con el que choca los cinco.
Caminamos por el edificio mientras mentor y tributo masculino ríen y yo me quedo atrás. Completamente seria. Nos adentramos en el ascensor, en el que la estilista de Joulley, una mujer de uñas largas y peliagudas pulsa el número siete, no sé como lo hace, pues con esas uñas... Las puertas se abren y entramos en el que será nuestro hogar hasta que nos encierren en un estadio para que nos matemos.
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