miércoles, 29 de mayo de 2013
Capítulo 23.
Ni pensar.
Ni reaccionar.
No puedo ni moverme.
Ni nada.
Solo sé que estoy sujeta de un árbol. ¿Por qué? ¿Por qué una cuerda tira de mis pies? ¿Por qué mi cabeza está a varios centímetros del suelo? No son centímetros. Son metros. Son kilómetros. No es un árbol, es un pájaro. Un pájaro agarra la cuerda y me lleva lejos. Vuela más alto, y más. Alejándome de mí. Alejándome de la vida.
El pájaro gruñe y me suelta. Yo chillo mientras caigo y me preparo para la larga distancia que me separa de la tierra firme. No puedo tampoco corregir mi forma, pues sigo paralizada, cayendo de cabeza. Acercándome al suelo lentamente. No quiero morir.
Y no muero.
Un golpe en mi cabeza. Un golpe blando y frío. A la vez tan rápido... Luego, también mi cuerpo cede, cayendo así al suelo. Soy libre. El pájaro se ha ido... Yo también.
-Skiley, despierta. Despierta. Hey. - abro los ojos después de que alguien sacuda mi brazo. Al principio me cuesta identificar al dueño de la voz. Luego me doy cuenta.
-¿Joulley?
-¿Qué te ha pasado? -pregunta él, ayudándome a incorporarme.
Samantha me mira con el ceño fruncido. Mi aventurilla en busca de problemas no le ha gustado. ¿Cómo iba a hacerlo? Al menos ahora sé que están bien y que aquel cañonazo no era perteneciente a ninguno.
Estoy helada. No sé cuanto tiempo he estado tirada en el suelo, pero sí el suficiente para que la nieve haya calado mis ropas y para que cualquier tributo hubiese podido encontrarme como una presa fácil. Sin ni siquiera haberme podido defender. Además, mi cuerpo está entumecido a causa del tiempo que he estado colgada de la rama. Mis manos van instintivamente al tobillo que me ha apretado la cuerda, que ahora está libre, aunque con una marca rojiza y rayada.
-Gracias por librarme de la trampa. - comento tratando de levantarme. Sam me pasa un brazo por los hombros para ayudarme.
-¿Qué trampa? - pregunta ella, extrañada.
-En la que he caído, la cuerda. - les miro a ambos, confusa. - La que me tenía colgada del árbol.
-Nosotros no hemos visto ninguna, Skiley.
Frunzo las cejas sin saber qué decir y me encojo los hombros. O alguien me ha salvado la vida, o simplemente la trampa estaba mal hecha. Claro que no falta la opción de que los vigilantes me quieran un rato más con vida. Aunque, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos también me odian por la sesión privada. Suspiro y camino con mis aliados hacia el refugio, que a estas alturas, es el único lugar dónde puedo sentirme como en casa.
-¿Encendemos un fuego? - pregunta Samantha, tras haberme mostrado una especie de comadreja con la que han dado. Parece buena carne, lo que no hace más que aumentar mi hambre. Miro al cielo, si esperamos un rato más, será difícil visualizar el humo desde lejos. Pero... mi estómago gruñe, ruge y hace sonidos lastimeros que incluso llegan a marearme. Por lo que me veo obligada a asentir y a rezar para que no haya nadie rondando por aquí.
-Podríamos comerla cruda. - sugiere Joulley.
-Y así arriesgarnos a enfermar. - responde Sam en tono defensivo.
Agito la cabeza y con un tono sereno digo:
-La cocinaremos. Estoy muerta de hambre.
Joulley pela el animal y lo trocea mientras yo preparo el fuego. No me cuesta demasiado dar con la madera apropiada para esto, pues muchas veces, en los bosques, necesitábamos luz para trabajar de noche. Apenas lo hice tres o cuatro veces, pero me quedé con la técnica. Presionar, rozar y soplar. Palo sobre tabla. También se puede hacer con una cuerda. Pero es prescindible. Presionar, rozar y soplar.
Y tener paciencia.
Al cabo de un rato consigo humo, luego una humareda. Y al fin una llama, que logro avivar. Pienso en la chica del distrito cinco, ella y su lanzallamas no tendrían ningún inconveniente. Suspiro y consigo crear una hoguera decente en unos veinte minutos. Luego, una vez cortada la carne, empezamos a asarla entre los tres.
Nadie dice nada.
Bueno, ¿de qué podemos hablar en los juegos del hambre? Hablar de casa es un tabú, del miedo que tenemos no sería apropiado para los patrocinadores. Pero aburrimos al capitolio, lo noto. Quieren ver mi desesperación. Mi anhelo hacia Dan. Y aunque tenga esa extrañeza en mi interior, no puedo mostrar mi debilidad. Pero sé que lo desean. Puedo oír sus voces. En sus casas a la hora de la cena. Una familia de capitoilenses, vestidos de forma extravagante mirando hacia la pantalla de su comedor mientras esta me refleja. Refleja mi pelo revuelto, mis ojeras y mis pómulos vacíos. Mi mirada asustada y mi lucha contra ello. Quiero no tener miedo. Quiero no echar de menos a nadie. Quiero no sentir nada. Pero está ahí presente. Y duele.
El cielo oscurece mientras nosotros cenamos, sin más ruido que el de algún insecto extraviado o el de nuestras respiraciones. Luego suena el himno y refleja una sola persona. Es la chica del 6. El sello del capitolio se proyecta y todo vuelve a calmarse.
-¿Haces tú la primera guardia, Joulley? - pregunto al pequeño. Él asiente. Muestro una forzada sonrisa de agradecimiento y me recuesto en las mantas junto a Samantha, que no es la misma. Y entiendo por qué no lo es. Sé lo que es perder a alguien, sé lo que duele. Sé que cuesta decir algo en estos momentos. Solo puedo susurrarle un buenas noches antes de quedarme dormida.
Despierto de madrugada con un castañeo de dientes retumbando en mis oidos a la par que un viento frio que silva y retuerce todas las ramas que ve a su paso. ¿Quién tiembla? Soy yo. Y también mis aliados, que intentan abrazarse para mantener el calor. Los tres tiritamos de forma radical. Los vigilantes han empezado a jugar con las temperaturas, podemos estar seguros de ello.
-Esperemos hasta que pase la tormenta - chilla Samantha, justo antes de que el vendaval arrase con las ramas que nos tapan y la nieve cale nuestras ropas. Agito la cabeza, tenemos que irnos.
-Volvemos a la pradera. - Samantha discrepa.
-¿Y de paso cruzarnos con los profesionales? no, gracias.
-Si nos quedamos aquí moriremos congelados, y no es mi plan por ahora.
-Pues lárgate, gana y vete con tu mentor. Cásate y ten diez mil hijos, yo me quedo aquí.
-¿Creéis que es momento de discutir? - interviene Joulley alzando la voz. Nosotras dos nos miramos, un poco enfrentadas. Sigo sin caerla bien, y lo entiendo. Pero si somos aliadas, lo somos para todo. Bueno, hasta que eso se acabe, claro. Es Samantha la que gruñe y acepta a regañadientes que nos movamos.
Pero hay un pequeño detalle que no recordaba. Si te mueves es porque los vigilantes quieren que te muevas, y si quieren moverte es para llevarte a una trampa o ante otros tributos.
No llevamos ni dos horas caminando, lo justo para llegar al pie de las montañas que nos trajeron hacia aquí cuando sucede.
Una alianza de dos está en nuestro camino.
Y no hay tiempo, ellos empiezan a atacar. Uno de ellos tiene un arco como el de Sam, y parece saber como usarlo. La flecha vuela hacia Joulley, se clava en su hombro y él grita. Yo también. Yo grito de furia. Una furia desconocida.
La siguiente flecha se dirige hacia mí. Pero logro esquivarla en el último momento. Cojo mi hacha del cinturón y la lanzo, dando en su cuello, que emana sangre continuamente. Sé que no va a sobrevivir a esta. Lo sé. Por otra parte, Samantha a logrado deshacerse del otro tributo.
Dos cañonazos.
Soy una asesina.
sábado, 25 de mayo de 2013
Capítulo 22.
jueves, 14 de marzo de 2013
Capítulo 21.
Un cañonazo retumba en el aire. El baño de sangre terminó, y ha sido largo. Ahora llega el recuento de las muertes. Sam y yo nos miramos, conscientes de que uno de esos cañonazos pertenece al difunto Paul y los contamos inmóviles. Uno, dos, tres, cuatro. Y así hasta ocho. Pocos si consideramos que Selene Fire tiene un lanzallamas. Cruzaré los dedos para que uno de ellos pertenezca a la víbora del distrito cuatro. Aunque claro, la suerte nunca está de mi parte. La mochila que recogimos en el baño de sangre tiene poco, pero tiene. Saco las cosas para verlas junto a ''mi aliada''. Una botella de agua vacía, aunque podemos usar la nieve de las cumbres de las montañas más altas. Unas pastillas de yodo. Un panecillo duro, si lo dejamos más servirá de arma, pienso con ironía. Una cuerda de unos tres metros, una manta, un alambre de caza. Nada más. Nada menos.
En realidad, no sé si Samantha y yo somos aliadas o no, pero al fin y al cabo seguimos juntas. Buscando a Joulley, ella tiene su arco, aunque yo estoy totalmente desarmada, supongo que si me atacan, no tardaré en morir.
Cuando el sol ya está rojizo sobre el horizonte, nuestros cuerpos están cansados y quejosos de tanto caminar, pero no podemos parar ahora, no mientras vemos que las montañas pueden estar llegando a su fin, y si no, son mucho más bajas ahora. No ha salido la primera estrella cuando un extraño viento polar nos paraliza en nuestro sitio. ¿Dónde estamos? ¿A dónde vamos? Y hemos dejado las alturas detrás, los primeros árboles se sitúan frente a nosotras, pero la temperatura es tan baja... Ambas nos miramos de forma silenciosa, pero seguimos caminando unos instantes después, seguras de nuestros pasos. Al menos ella lo está.
Entonces una chispa de blanco sobre las hojas verdes y el suelo irregular. Y esta chispa crece. Es nieve. Auténtica nieve helada. Y el frío es cada vez mayor. Sin embargo, la espesura del bosque no es suficiente para escondernos de posibles tributos, y tenemos que adentrarnos más en él, más en la nieve, más en el frío. Por eso el extraño traje. Una parte era para esta zona. Entonces, ¿qué hay al otro lado? ¿Calor intenso? Los dientes me castañean, y tengo que cruzarme de brazos para pegar el abrigo a mi cuerpo fuertemente.
Al caer la noche, intentamos trepar a un árbol, pero la nieve nos hace resbalar y caer al frío suelo. Lo mismo pasa con las rocas, además nuestras manos están rojizas e irritadas de posarse en tales temperaturas. Al final nos decidimos bajo la copa de un árbol espeso. Sus ramas protegen el suelo un poco, y podemos barrer la nieve hasta quedarnos con la tierra. Nos repartimos la manta y nos tumbamos juntas. Asomadas, vemos el cielo. El himno. Las caras.
Jack es el primero en salir. Le siguen los dos del tres y el chico del 5. El siguiente en proyectarse sobre las estrellas es el chico del 8, compañero de Alisson, eso me alivia, saber que Joulley está vivo... Las chicas del 9 y el 10. Por último Paul. Samantha parpadea y carraspea su garganta, luchando contra el llanto.
-Puedes dormir, yo haré la primera guardia. - ella asiente agradecida y se da media vuelta, con la cabeza apoyada en la mochila.
Me castañean los dientes y no me gusta estar en el suelo, donde somos presas fáciles. Aunque por el momento no nos hayamos cruzado con nadie desde el baño de sangre. Entonces lo oigo. Unos pasos. Una rama que se rompe. Por un momento me asusto, pensando en Alise y compañía. Pero luego pienso que los profesionales sonarían más. Sacudo el brazo de Sam. Ella se sobresalta un poco y poso una mano en sus labios en gesto de silencio. Ella también lo oye, porque prepara su arco instantáneamente.
Nos levantamos a la par. No podemos dejarnos vencer por el miedo. No ahora. Suena de unos arbustos, a unos metros tan solo. Agarro una piedra del suelo porque es lo mejor que tengo.
-Yo te cubro. - suena estúpido. Cubrirla con una piedra. Pero al fin y al cabo, ¿qué le voy a hacer?
Entonces llegamos. Ella me mira justo antes de abrir las ramas de una patada y que entre ellas aparezca el pequeño Joulley recolectando bayas.
lunes, 18 de febrero de 2013
Capítulo 20.
La cornucopia es de un dorado apagado, apenas brilla, solo haces de luz la recorren por cada rayo que quiebra el cielo negruzco. Tengo el tiempo justo para idear algo, en un minutos las minas de las plataformas se desactivaran y todos empezaran a correr. Y a matar. Intento localizar a Joulley, sin éxito. A mi izquierda está Samantha Clearwater, la que estuvo a punto de ser mi aliada, pero las cosas con Dan hicieron que eso no fuese posible. A mi derecha está el compañero de Dakota, el chico del distrito 8, llorando y sin dejar de mirar a la plataforma de al lado, que está vacía. A los vigilantes les gusta jugar con nuestros sentimientos. Y parece ser que les funciona, porque cuando apenas quedan 15 segundos para comenzar, su plataforma estalla en miles de trozos, llevándose media zona de tierra de por medio, tengo que apretar los dientes para no comer barro. Y la fuerza de las ondas está a punto de acerme caer, por suerte no lo hago. No hay tiempo de llorar por su pérdida, solo de mirar las armas. Las hachas. Están al lado de los tridentes. Y sé a quienes se les da bien los tridentes. Llevaba yo razón cuando decía que me harían pagar lo de los entrenamientos. Mi mirada se detiene en algo. Es una mochila, pero no una mochila cualquiera. Esta es alargada, podría contener un palo, o algo así. Y suena el gong.
Me ha pillado de imprevisto, no me lo esperaba y el contador a llegado a cero. Corro y corro, pues supongo que soy rápida, como me dijo el monitor de lucha cuerpo a cuerpo, sin embargo, Alice está allí, riendose a carcajada limpia, tiene a Joulley arrinconado. No lo pienso ni un instante y me lanzo encima de ella, con ansia, furiosa. Me pega un puñetazo en el estómago que me hace vomitarle encima el desayuno. Sonreiría, pero me duele demasiado. Intento volver el tridente en su contra y clavárselo en la garganta, pero ella es fuerte.
-¡Skiley! - oigo gritar a Joulley.
-¡Vete! ¡Corre! ¡Coge las hachas y vete! - es lo único que respondo mientras forcejeo con la pelirroja, el niño tarda, pero acaba haciendome caso. Y alguien me coge en brazos y me zarandea en el aire. Es Jack, el chico del 1, que me cuelga en el aire desde el cuello. Noto la falta de aire. Me estoy mareando. Y Jack me escupe. Me escupe sangre y cae al suelo, con una flecha atravesando su cuello. Samantha apunta a Alice, pero esta esquiva el tiro y se avalanza sobre ella. Es Paul el que se pone de por medio. Y el tridente se hunde en su pecho fuertemente. Samantha grita. Alice sonrie. Una llamarada de fuego se cierne a unos treinta metros de distancia. Y ya sé lo que contenía la mochila alargada. La chica del 5 intenta protegerse de los profesionales que la rodean.
-¡Alice! - oigo llamar a alguien.
-¡Te necesitamos! - acompaña otra persona, que no puede ser otra que Bianca. Es extraño, jamás los profesionales se han ''necesitado'' en el baño de sangre. Ella vacila, nos mira con odio y corre. Samantha está tirada en el suelo junto al cadáver de Paul, llorando. Si no nos vamos de aquí pitando, nos matarán, podemos estar seguras de eso.
-Venga.- comienzo a decir, pero me ignora y se abraza a él. - Samantha...
-¡No quiero!
-¡Sam! - actúo por instinto y le doy un pequeño tortazo para que me mire. - Tenemos que irnos. Tenemos que irnos ahora.
Ella lloriquea, y acaba por levantarse y correr conmigo en la dirección en la que Joulley se fue, no sin antes coger la mochila que el chico del 5 llevaba colgada antes de morir desangrado. La tormenta no cesa, incluso parece aumentar por momentos. Nosotras no nos detenemos aunque nuestros pulmones ardan. Y además ella tiene mejor resistencia que yo.
Cuando por fin dejamos la pradera, una enorme montaña se eleva ante nosotras. Enorme es poco. Gigante. Más que eso. Lo bueno es que la cuesta no es muy empinada y no corremos peligro de caer como si de un tobogan se tratase. De momento no hay tributos a la vista, solo oscuras sombras que parecen hormiguitas a lo lejos. Hormiguitas muertas. Y unas lenguas de fuego que parecen grandes bolas elevándose con el viento.
Samantha y yo no hablamos en el viaje hasta la cima, aunque ya hayamos podido dejar de correr. No hay palabras posibles que poder emplear. Ni un ''lo siento'' de su parte ni un ''lo siento'' de la mía. Pero seguimos juntas. Con un objetivo común. Sobrevivir.
El clima empieza a cesar, las nubes a calmarse. Ya no llueve. Sale el sol. Pero mi tranquilidad no se calma.
Tengo que encontrar a Joulley.
jueves, 7 de febrero de 2013
Capítulo 19.
El calor entre mis brazos es lo primero que noto, pues estoy abrazada a él, cuyos ojos amoratados delatan una noche sin sueño.
-Has dormido algo, Dan? - él sacude la cabeza de forma negativa.
-Yo ya dormiré, lo importante ahora es que tú desayunes.
-De un modo casi automático, se levanta y me levanto. Parece alterado, algo le pasa. Me pregunto qué será. El debe notar mi preocupación en el rostro, porque se me acerca y, atrapando mi cara entre sus manos, me besa dulce y cálidamente. Este beso es tan único como maravilloso. Me hace sonreír, me hace subir a las nubes.
Al rato se detiene.
-Vamos, pequeña. - caminamos hasta la puerta. Al salir, los demás están despiertos y desayunando un grandioso banquete.
-¡Es el día! ¡Es el día! - exclama Rossie emocionada, cosa que me altera un poco. Ella siempre tan vivaracha y cantarina.
Joulley, está asustado, y come despacio, como si eso impidiese el rápido paso de las agujas del reloj. Los dos estilistas, desayunan de forma silenciosa. Apuesto a que no les sienta bien que los chicos que han convertido en símbolos reconocidos de Panem, tengan grandes posibilidades de morir en pocas horas. Dan y yo nos sentamos, ignorando a esa encantada e ilusionada Rossie, y comenzamos a desayunar silenciosamente.
Yo lo intento, pero sólo dos panecillos con chocolate entran en mi estómago. No puedo más.
Tengo un nudo en la garganta. Siento frío a la vez que calor. El vello erizado de mis brazos me delata. Cuando las 10:30 marca el reloj, bajamos a la planta baja del edificio. Allí nos despedimos de Rossie, que parece sorprendentemente, estar luchando contra las lágrimas. Me braza suavemente y hace lo mismo con Joulley. Luego nos desea suerte a los dos.
Vamos hacia un campo a descubierto que tiene dos aerodeslizadores detenidos en el centro del todo, bajo el sol matutino. Algunos tributos van subiendo a estos, cabizbajos en la mayor parte. Orgullosos profesionales la minoría. Aquí es cuando toca despedirse de él. De Dan. Joulley le dice adiós con voz ronca y apagada. Yo no soy capaz de hablar. El pequeño camina a los aerodeslizadores apenado, comprende que queremos despedirnos. A solas.
No hay palabras, estas sobran y se van con el triste suave viento del capitolio, que está ajetreado por los últimos momentos antes de que los tributos lleguen a la arena. Nos miramos. Sus ojos verdes brillan, humedecidos. No quiero verle llorar. Aunque supongo que mis ojos estarán igual, o peor. Él me abraza, sujeta mi cabeza con su mano y la pega contra su pecho mientras el viento alza mi pelo. Quiero llorar. Quiero hacerlo. Pero no puedo derrumbarme ahora. Sky se rompió ayer. No pudo más y lo hizo. Una mujer me mira desde la puerta, vestida con una bata blanca y me dice que me de prisa, de forma impaciente. Me separo de él. Ya tiene lágrimas en su mejilla.
-Sky... - es lo último que le oigo decir. Porque le callo con un beso y cuando nos separamos, no le dejo hablar.
-Dan, no te dejes romper tú, no lo hagas como yo ayer lo hice. No estaré aquí para recoger tus trozos.
Quiere replicar, decirme que volveré, que lo prometí, pero sacudo la cabeza y rozo sus labios nuevamente.
-Te quiero... - susurro antes de que unos brazos me rodeen y me ''arrastren'' literalmente al aerodeslizador. Le miro y él a mí. Se coge de los pelos, conteniendo su rabia y patalea una piedra que se escondía en el gran campo verde. Lo siguiente que veo es una pared gris y repleta de cables. La puerta del aerodeslizador se ha cerrado.
Estoy sentada en un asiento, frente a mí hay un asiento vacío. ''Dakota'' - pienso para mis adentros. Me pregunto si lo habrán puesto ahí aposta. Jamás lo sabré. A mi lado derecho, Bianca se ríe burlona, y a mi izquierdo, Sebastian, compañero de Alice, le acompaña. No puedo ver quienes más están en mi pared, pues los pechos de Bianca lo tapan todo. No puedo evitar fruncir el ceño. La pared contraria la ocupan, Jolley, la inexistente presencia de Dakota, Selene del cinco, Jack, Alice, Samantha. En ese mismo orden. Lo que me lleva a pensar que los doce que faltan están en el segundo aerodeslizador. Suelto un suspiro. Y todo empieza a vibrar.
El camino es largo. Diez minutos antes de parar, la chica que me trajo arrastras me coje el brazo y me inyecta algo por una gruesa aguja metálica.
-Un localizador. - comenta seria, y va hacia Sebastian. Curiosa, me toco el brazo, notando el pequeño bulto que destaca. - No lo toques. - ella me clava la mirada. La mataré mentalmente. Al igual que Alice, Snow, Bianca, Sebastian... una larga lista. Una muy larga lista.
Cuando el vehículo dejo de temblar, la puerta se abrió, aunque no había nada que no fuesen paredes y más paredes, un largo pasillo con un montón de puertas. Los corrales donde encerraban a los pollos antes de que les den matanza. Me metieron en la puerta número siete de la pared derecha. Joulley a la izquierda.
Zafira.
Corrí hasta ella y me rodeó con sus brazos. Me fije en una mesa, había cosas de comer y agua. Para el último momento. Me obligo a mí misma a comer un panecillo acompañado de un vaso de agua.
-No sabría decir que os espera arriba. El traje por dentro es ancho y fino, para temperaturas cálidas, pero por fuera le acompaña un buen pelaje para temperaturas bastante bajas. Quizá jueguen con la temperatura. - se encoge de hombros y cuando termino de comer, me ayuda a colocarme, lo primero, Un traje de cuerpo entero, pero ligero y de manga corta de color negro, y unos pantalones largos y grises, con una chaqueta peluda por encima. Comienzo a tener calor, pues la temperatura de aquí abajo es normal dentro de lo que cabe.
Las dos suspiramos a la par y ella me abraza una vez más. Este abrazo dura tanto como puede, hasta que una voz robótica lo dice: Un minuto.
Me besa la frente. Cincuenta segundos.
Me pasa el dedo pulgar por la mejilla, por donde una lágrima empezaba a resbalar. Cuarenta segundos.
Respiro hondo y cierro los ojos. Ella me posa una mano en el hombro en gesto de aprovación. Treinta segundos.
-Gana, ¿vale? - propone mientras que la voz pronuncia que quedan veinte segundos.
-Lo intentaré.
Diez.
Camino hacia el tubo de cristal transparente, una pequeña base metálica que sé que si dejo de pisar en la cuenta atrás, me hará estallar en mil pedazos. Y entonces sí que Skiley se romperá del todo.
Cinco.
Y después todo es silencio. El tubo se cierra y empieza a ascender. Miro los ojos azules de Zafira por última vez y entonces, la lluvia de un día nublado cae sobre mí.
miércoles, 30 de enero de 2013
Dan. "Los niños grandes no lloran." PARTE 2.
Skiley frunce el ceño mientras duerme, seguro que sueña. Pero soy incapaz de despertarla. Me incorporo un poco, esperando que este gesto no la desvele. Me tiene agarrado de tal forma, que tengo que maniobrar como zafarme de su fuerte abrazo. He de ir a hacer algo.
Me abrigo, poniéndome una bata negra, que no es precisamente masculina, pero sirve, y salgo de la habitacin de forma sigilosa.
Fuera no hay nadie, a estas horas desde luego que no.
Atravieso el salón en silencio, caminando de cunclillas y llamo al ascensor, que no tarda en venir y abrir sus puertas en mí. Entro, y pulso el número cuatro.
Su planta es algo distinta a la nuestra, pero no demasiado. Lo único que varía por completo es el color azul de sus paredes y la localización de los muebles.
Y luego, en el sofá está ella, esperándome sonriente.
Alice.
martes, 29 de enero de 2013
Capítulo 18.
-Vete, Joulley, no quiero que me veas llorar.
-Es que no quiero que llores...
Sacudo la cabeza. Joulley, el niño que me odiaba, no quiere verme mal. De algún modo, me enfado.
-¿No me odiabas?
-No, Skiley, no te odio. Simplemente, sé que tú ganarás estos juegos, más que yo, no sólo porque hay una diferencia obvia de ventaja, sino porque Dan te quiere a ti.
¿Y los demás? ¿Qué pasa con Paul y con Samantha?
-Te odian. - mi rostro se contrae en una mueca. - Todos te odian. Creen que lo vuestro es un cuento para conseguir patrocinadores.
Asiento. Claro que sí. Es lo que me esperaba.
-Yo... - comienza a decir con timidez. - Creo que romperé la alianza con ellos dos. Aunque eso no supondría que tú aceptaras aliarte conmigo, ¿no? - noto una chispa de esperanza en su voz. Yo sacudo la cabeza de forma afirmativa.
-Me aliaré contigo.
-Gracias. - no me abraza. Me temo que no podemos abrazarnos a estas alturas.
Dan entra en la habitación sin ni siquiera llamar a la puerta. Está triste. Lo noto en su mirada. Triste. Dolorido. Atormentado.
-Joulley...
-Claro. - interrumpe él, adivinando los pensamientos del mentor y sale por la puerta, cerrando tras de sí. Él solloza un poco, se acerca a mí y me funde entre sus brazos. -Lo siento, Sky... de verdad que...
-No importa, Dan. -pero sí importa, aún siento rabia. La rabia de antes. La rabia que se pregunta qué vena le ha dado para desvelar a Panem lo nuestro. -¿Por qué lo has hecho?
-Pensé en los patrocinadores, ¿vale? Pensé en que eras fuerte y podías valertelas aunque fuesen a por ti.
-¡Me sobreestimaste, Dan! ¡Que son veinticuatro personas! ¡Todas a por mí!
-En realidad a la mayoría les da igual, sólo les importa a los profesionales.
-Y convertirme en el principal objetivo de esas maquinas de matar era una buena idea, ¿no? - repongo con un sonoro bufido.
-Me voy a arrepentir toda mi vida, no te quepa duda.
Le miro incrédula. Sin poder aguantar más, escondo mi rostro entre las manos para poder llorar. Él me intenta pasar un brazo por mis doloridos hombros.
-No me toques. Vete. - ¿Realmente he dicho yo eso? ¿Realmente quiero pasar mi última noche antes de encararme con la muerte sin él?
-¿Qué?
-Que te vayas.
-Pero...
-¡Vete, Dan! ¡Lárgate! ¡Y ya no entres más! Ni a verme dormir, ni a nada.
Él se muerde el labio con fuerza, puedo ver que se provoca una herida sangrante en este. Se levanta con la mirada perdida y camina hacia la puerta. Se detiene ahí, mirándome una vez más. Levanto la vista, sin poder esquivar sus ojos verdes y suelto un sollozo ahogado. Cojo un cojín y se lo tiro con rabia.
-¡Vete!
Él recoge el cojín del suelo y vuelve a mirarme.
-No me voy a ningún lado.
Y se acerca, ignorando mis puños que golpean débilmente su cuerpo, mientras chillo una y otra vez que se largue. Finalmente le abrazo y lloro sobre su camiseta. Él suspira antes de hablar.
-Voy a quedarme aquí, toda la noche. Voy a entrar cuando quiera y voy a verte dormir desde la puerta. No podrás impedírmelo.
Yo asiento, rindiéndome. Él se tumba a mi lado y me arropa con las mantas cariñosamente. Antes de que pueda cerrar los ojos, me da un beso en la frente.
-Duerme, Sky.
Y me duermo.